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Su Felina Majestad

Su Felina Majestad

Por: Rita Elvenqueen

Los gatos, idolatrados por muchos y odiados por otros tantos pero ¿Estamos al tanto de que su proceso cerebral en cuanto a emociones es más parecido al nuestro que el de los perros? Así es. La alegría, la tristeza, la esperanza y la desilusión son tomadas por ellos como por nosotros. Que no nos engañe ese rostro impasible y elegante que bosteza dejando ver su parentesco cercano al león. Un perro es el amigo fiel, noble e incondicional que hace todo para vernos felices, pero ¿Sabe cómo nos sentimos? No y eso no influye en el cariño que nos da. En cambio si uno pudiera charlar con un gato sería notorio cómo ellos tienen idea de por lo que estamos pasando.

No es de sorprenderse entonces la cantidad de leyendas que hay alrededor del mundo relativas a nuestros felinos compañeros. Empecemos por los egipcios: la diosa del hogar Bastet es representada ya sea como un gato o como una mujer con cabeza de gato. Eran animales tan sagrados en la tierra de los faraones que había leyes específicas y encargados para regular el trato a los mininos. Asesinar a un gato en Egipto era un crimen merecedor de la pena de muerte. Si cualquiera encontraba un pequeño felino fuera de la ciudad estaba obligado a repatriarlo enseguida y se han encontrado numerosos gatos solemnemente momificados. Lo malo llegó cuando el rey Cambises de Persia, a sabiendas de la devoción por los gatos que tenían los egipcios, mandó a sus tropas a invadir el país del Nilo ordenando a sus soldados pintar en sus escudos la imagen de Bastet y atarse gatos vivos al cuerpo. Esta fue una de las derrotas más desastrosas que sufrió Egipto, pues todos prefirieron huir antes que lastimar a los felinos.

A pesar de que los persas se valieron de los gatos para derrotar a sus enemigos también en su cultura estos animales tenían origen divino. Cuenta una leyenda que el héroe Rustum estando en campaña militar salvó a un viejo mago de morir en manos de unos ladrones y luego lo invitó a disfrutar de la hospitalidad de su tienda. El hechicero le preguntó al valeroso guerrero qué quería en recompensa por haber salvado su vida. Rustum respondió que no necesitaba nada, pues tenía justo ahí una fogata, el dulce olor del humo y las estrellas sobre su cabeza. El mago entonces tomó un poco de humo, un poco de fuego así como dos hermosos astros y los juntó. Entregó entonces al héroe una pequeña criatura cálida, flexible y gris como el humo que tenía una lengua parecida al tacto a una llama y dos estrellas como ojos: era el gato.

En China el mito decía que los gatos habían tenido el don del habla primero que los hombres y eran ellos los encargados del mundo, pero como preferían dormir y jugar todo el día en lugar de atender sus deberes entonces les fue quitada la capacidad de hablar y esta le fue dada a los hombres, aunque estos no comprenden bien los mensajes de los dioses. Por eso el minino y el hombre deben hacer mancuerna: los gatos comprenden lo que las divinidades dicen y los humanos al mirarlos a los ojos son receptores del mensaje.

En Irlanda y Escocia se decía que a nuestras espaldas los gatos están organizados en sociedad monárquica y que los rige un rey a quien todos los michos rinden pleitesía. Unas leyendas dicen que la corona se pasa de padres a hijos como entre los reyes humanos, otra que el rey de los gatos reencarna en sí mismo una y otra vez, una más que la sucesión es arbitraria y un gato sube al trono por una especie de elección.

En Japón hay dos vertientes de admiración hacia el felis domesticus, tenemos al “Maneki Neko” o “gato que invita a pasar” colocado en las tiendas para atraer clientes inspirado en un felino que supuestamente salvó al emperador de ser fulminado por un rayo. Otra creencia es la del Bake Neko (gato monstruo), esta afirma que conforme envejecen los gatos se van convirtiendo en criaturas poderosas y siniestras capaces de burlarse de los seres humanos al principio y de destruirlos si se les permite continuar su malévola transformación hasta llegar a Neko Mata cuando ya son imparables, una medida para impedir esto es cortarles la cola cuando son pequeños y en algunas regiones del país nipón esto se sigue haciendo (la cola es una vara de equilibrio para ellos, no se la cortes).

Sea como sea, esta pequeña fiera domesticada por los humanos del neolítico para mantener a raya a los roedores cuando recién nuestra especie empezó a cosechar el grano es más que un animal de utilidad. Solo hace falta ver esos ojos ambarinos, verdes o azules que parecen poder ver hasta el fondo de nuestro corazón:

kitcat

Bibliografía:

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