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Indios Tristes de Nuestra Propia Calle.

INDIOS TRISTES DE NUESTRA PROPIA CALLE.

 Por: Rita Elvenqueen

En pocas miradas se ha reflejado tanto dolor. Era un hombre indígena sobreviviente a la caída del Imperio Azteca en agosto de 1521. Vio cómo destruían los templos de sus dioses, cómo masacraban a su gente y cómo con las mismas rocas de las extintas glorias levantaron la Ciudad de México para que sirviera como capital a la Nueva España. Vagó por la naciente metrópoli con la mirada perdida hasta que encontró lo que buscaba: un lugar para él y ahí, sentado en el suelo con la espalda reclinada en una pared se ponía a llorar como un niño, era “el indio triste”. Cuenta la leyenda que ahí permanecía todo el tiempo aunque lo echaran a patadas hasta que una mañana apareció convertido en piedra…

Sí, muchas historias en su mayoría trágicas giran alrededor de la conquista de México, del personaje del indio triste se dice que era apenas un adolescente cuando tuvo que presenciar aquella destrucción y que se hizo viejo con la espalda reclinada en esa pared. Nunca aprendió el idioma castellano, con cuchillo en mano le obligaron a besar la cruz sin que nadie le explicara lo que significaba y nunca recibió ni siquiera una palabra de aliento, tampoco ayuda para integrarse a la nueva sociedad… nada.

Podemos ampliar un poco más la visión y observar a los aztecas. Cuando Hernán Cortés llegó a Tenochtitlán esta era una de las ciudades más grandes del mundo, sólo unas cuantas poblaciones en el Viejo Mundo igualaban sus dimensiones y magnificencia.

Nos han contado muchas mentiras y las hemos creído, ahora haciendo investigación histórica los expertos de varios países han concluido en que si bien es cierto que Cortés aprovechó la profecía del regreso de Quetzlacóatl para tener un trato preferencial y avanzar en sus ambiciosos planes de conquista, los mexicanos muy pronto advirtieron que eran mortales y no dioses. Se escribió en las crónicas que los indígenas estaban demasiado dispuestos a regalar su oro empezando por su rey Moctezuma II y por ello son descritos como unos tontos, pero la verdad es que el emperador tenía la esperanza de que tales enemigos con armas poderosas y alianzas con tribus enemigas se dieran por satisfechos con aquellos obsequios y se marcharan, era una vaga posibilidad pero había que intentarlo.

El error del mexicano posterior a la conquista ha sido y es continuar en ese plan de autocompasión, todo el país se halla poblado por indios tristes que envejecen y se convierten en piedra antes de descubrir el poder que llevan dentro. Aquél personaje tuvo justificación en dejar escapar su vida a causa del dolor experimentado en primera persona, pero nosotros no pasamos por lo mismo. La gente comenta “Los españoles NOS cambiaban oro por espejitos” haciendo alusión a la idea de que somos inferiores a los extranjeros y eso no es verdad.

Ya basta de quejarse del gobierno virreinal español, del imperial francés y del republicano mexicano, es hora de reflexionar sobre la propia vida, pensar quién soy y a dónde me dirijo ¿Soy feliz? Si la respuesta es sí pues habrá que defender ese sentimiento a como dé lugar, que nadie nos sitie como a la ciudad de Tenochtitlán hasta que caigamos. Si la respuesta es no entonces que inicie la búsqueda de un mejor estado personal, siempre se puede hacer algo más por uno mismo, basta preguntarnos frente al espejo qué es lo que queremos y por qué medios podemos alcanzarlo sin daño colateral para nosotros o para los demás.

Este 15 de septiembre me complazco en anunciar que seré narradora de cuentos mexicanos en el concierto por fiestas patrias a las 19:30 en la sala de conferencias del área de Música en el Instituto Potosino de Bellas Artes. ¿Saben de qué me di cuenta en la búsqueda de los relatos idóneos para la ocasión? De que tenemos muchas fiestas nacionales, pero ninguna que celebre a nuestro pasado prehispánico, no recordamos nuestros auténticos días de gloria. Es momento de ver qué es lo más valioso que tenemos como individuos y luego como pueblo. No estuvo en nuestras manos lo que pasó en Tenochtitlán y aquí en territorio guachichil pero sí tenemos la rienda de lo que pase a partir de ahora.

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Ya basta de quejarse del gobierno virreinal español, del imperial francés y del republicano mexicano, es hora de reflexionar sobre la propia vida, pensar quién soy y a dónde me dirijo ¿Soy feliz? Si la respuesta es sí pues habrá que defender ese sentimiento a como dé lugar, que nadie nos sitie como a la ciudad de Tenochtitlán hasta que caigamos. Si la respuesta es no entonces que inicie la búsqueda de un mejor estado personal, siempre se puede hacer algo más por uno mismo, basta preguntarnos frente al espejo qué es lo que queremos y por qué medios podemos alcanzarlo sin daño colateral para nosotros o para los demás.

Este 15 de septiembre me complazco en anunciar que seré narradora de cuentos mexicanos en el concierto por fiestas patrias a las 19:30 en la sala de conferencias del área de Música en el Instituto Potosino de Bellas Artes. ¿Saben de qué me di cuenta en la búsqueda de los relatos idóneos para la ocasión? De que tenemos muchas fiestas nacionales, pero ninguna que celebre a nuestro pasado prehispánico, no recordamos nuestros auténticos días de gloria. Es momento de ver qué es lo más valioso que tenemos como individuos y luego como pueblo. No estuvo en nuestras manos lo que pasó en Tenochtitlán y aquí en territorio guachichil pero sí tenemos la rienda de lo que pase a partir de ahora.

BIBLIOGRAFÍA:

 

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