Saltar al contenido.

El México de las Haciendas

EL MÉXICO DE LAS HACIENDAS

Por Rita Elvenqueen

La Ciudad de México se embellecía cada vez más con arquitectura colonial, la Academia San Carlos (hoy parte de la UNAM) promovía las artes siendo la primera en salir a flote por iniciativa privada, todo esto a la par de que maestros compositores como Manuel de Sumaya sin saberlo ponían la música barroca mexicana a la par de la alemana (que no es poco tomando en cuenta que eran tiempos de Johann Sebastian Bach).

Pero de lo que ocurría en la capital de la Nueva España de poco o nada se enteraban los habitantes de la provincia. Las poblaciones iban tomando el título de ciudad muy lentamente. San Luis Potosí, Puebla, Guanajuato, Morelia (antes Valladolid), Zacatecas, entre otras vivieron con una tranquilidad envidiable hasta llegando al siglo XIX. Sin embargo en sus alrededores prosperaron por montones las haciendas. Los estados en donde la gente estuvo más hacendosa fueron por ejemplo Yucatán o Veracruz. Allá en la península floreció la industria del henequén desde el virreinato hasta el gobierno de don Porfirio Díaz. ¿Qué es el henequén? Ah, pues es una planta originaria de Yucatán a la que los mayas llamaban “ki” y de ella se obtienen fibras para hacer distintos productos de uso doméstico o industrial. La llegada del plástico hizo de las fábricas henequeneras más un rasgo cultural y una cuestión artesanal pero cuando los productos del petróleo no se hacían este cultivo resultó muy útil para México y el mundo.

En la costa del Golfo, lo que es hoy el estado de Veracruz la tierra pródiga dio pie al cuidado de la caña de azúcar.

Tanto las haciendas henequeneras como azucareras requerían la presencia permanente del dueño del lugar por lo que tanto los campos como las fábricas adjuntas donde se trabajaba con el producto de la tierra estaban siempre en constante movimiento. Y ni qué decir de lo que se llamaba “la casa grande” donde se alojaba la señora con los niños, las nanas, institutrices y el resto del servicio doméstico.

Acá en lo que empieza a conocerse como “Aridoamérica” la tierra empieza a ser menos fértil y su vegetación menos exuberante. Pero que no se piense que por ello el trabajo se limitó a las minas olvidándose de las haciendas. Las hubo, en su mayoría ganaderas y aunque se elaboraban quesos y se curtían pieles, estas no necesitaron de la comparecencia total del dueño. Este iba y venía de las ciudades coloniales hasta su propiedad en el campo algunas veces por año y las cosas se mantenían en orden desde el despacho del administrador y la autoridad del caporal (hubo personajes en la historia provinciana que cumplieron las dos funciones: administrador y caporal).

Ahora los cascos de las haciendas, algunos bellamente reconstruidos hasta el interior nos dan testimonio de trescientos años de mestizaje y trabajo. Pero se dice que también son albergues de numerosos fantasmas, consecuencia de historias trágicas ocurridas en otros años. Es posible hoy visitar la Casa de las Delicias en Álamos, Sonora, también conocida como “la hacienda embrujada” donde cuenta la leyenda que la joven hija del dueño se prendó de un sirviente. Naturalmente la familia se opuso a la unión de tan desiguales enamorados. Como no tuvieron efecto las amenazas a ambos la familia rica mandó matar al muchacho y a ella se le encerró en su habitación hasta hallarle un prospecto de su alcurnia. Muchos le fueron presentados y la joven los rechazó sistemáticamente a uno por uno y un día en su alcoba se quitó la vida. Si creeremos en leyendas entonces prestaremos oídos al rumor de que todavía se ve una figura blanca vagando por la hacienda y entre los jardines porque ella sigue esperando a su fiel amado.

Durante los años de la Revolución Mexicana las haciendas se vieron muchas veces asaltadas por los ejércitos de todos los bandos y esto ocasionó que la gente empezara a preferir las ciudades al campo. Ya a mediados del siglo XX las grandes fábricas de renombre internacional llegaron a varios estados del país con lo que desapareció prácticamente el México de las haciendas. Aunque todavía las hay son pocas comparadas con las que hubo hasta el “siglo romántico” (el XIX).

dsc_00881

Bibliografía:

  • Visita guiada a las Haciendas “La Corcovada” y “Pozo del Carmen” en el estado de San Luis Potosí.
  • “La Hacienda Embrujada”. “Leyendas de Sonora”. Ediciones Horus.
  • Fotografía: Puerta principal de la hacienda La Corcovada. Rita Lemus Grande.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: