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Viene la Muerte Cantando

“Viene la Muerte Cantando”.

Por Rita Elvenqueen

Viene la muerte tocando/ el arpa con manos frías/ se acerca con melodías/ de sones y de huapangos/ Viene la muerte cantando/ y con tanta algarabía/ que hace que me sonría/ a pesar que estoy temblando/… Estas son las primeras dos estrofas de las “Coplas para Ahuyentar a la Muerte”, versos escritos en lira italiana (porque rima el primer verso con el cuarto y el segundo con el tercero). Esta obra literaria es autoría de mi abuela, la escritora Alba Puigdomenech. Oriunda de la Ciudad de México, hija de una mujer proveniente de Tantoyuca, Veracruz (a quien, por cierto, están dedicadas las coplas) y de un hombre nacido en Sabadell, Cataluña, España. Ella es un ejemplo vivo de lo que es el mestizaje en México y del colorido artístico resultante de la fundición del Viejo con el Nuevo Mundo. Yo en lo personal me siento muy orgullosa de llamarla “abuelita” y de haber crecido con ella, pero más de que haya impreso en mí tanta influencia cultural.

Este 28 de octubre de 2016, mis compañeros de trabajo y yo tenemos el honor de invitar a todos nuestros lectores al espectáculo que preparamos “Viene la Muerte Cantando”, en el cual tendré el honor de recitar las coplas completas. La función será en la Sala de Conferencias del área de Música (tercera planta) del Instituto Potosino de Bellas Artes a las 20 horas.

Incluimos también en el programa música de guitarra, la participación de un ensamble vocal, poesía y además de las coplas me complace mucho informar que narraré leyendas mexicanas de diferentes épocas y ambientes. La primera se titula simplemente “Sucedió en día de Muertos”, es popular de Chihuahua y transcurre durante los últimos años del Porfiriato. La segunda me divierte en especial, del norte “La Coronela Ambriz” es una historia sin igual ocurrida en plena contienda de la Revolución Mexicana. La última es tan poética que casi me hace llorar, del estado de Michoacán voy a relatar “Los Amantes de Janitzio” ubicada al momento de la conquista. He estado trabajando duro en estos números, espero les gusten.

Con esto nos integramos a una larga tradición de festejos hechos en México desde la época prehispánica, en este país donde la muerte es vista rodeada de mil colores, flores, deliciosa comida mestiza (como el mole, el pan dulce y el chocolate), música, poesía y muchas leyendas. Sobreviviente a la conquista espiritual y artística por parte de España (allá se venera a los muertos pero no “con tanta algarabía” como lo hacemos aquí).

Como a todos nos enseñaron desde preescolar o primaria, sabemos o por lo menos se tiene la somera idea del significado de cada elemento que se coloca en un altar de muertos. Las banderas de papel picado representan al viento, el camino de sal guía a los fieles difuntos hasta su altar, las flores de cempasúchil son una ofrenda. De origen europeo tenemos las veladoras y las imágenes de culto católico (creo que somos la única religión de la familia cristiana que se permite estas licencias pagano-cristianas).

La tradición precolombina nos define más de lo que nosotros creemos actualmente. En la ciudad es difícil de notar, pero en pueblos más pequeños y en el campo nos daríamos cuenta de cómo palpita la vena indígena debajo de la piel mestiza.

En Real de Catorce (al norte de San Luis Potosí) hay una pequeña iglesia colonial protegida con una hermosa cancela de herrería antigua. En la puerta principal de este trabajo en metal (hecho por manos nativas) apreciamos una especie de florecitas que no son tales, son representaciones del peyote o xícuri, planta alucinógena consumida en rituales por los chamanes prehispánicos y vista como elemento sagrado, no como droga recreativa.

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Pues bien ¿Qué hace ahí esta vegetación? Los colonos españoles obligaban a los indios a inclinarse ante el templo de Dios, pero ellos encontraron la manera de hacerlo ante lo que ellos veneraban en realidad. A lo largo y ancho del país se han restaurado en diferentes épocas a las figuras de los santos en las iglesias y dentro de ellos se han encontrado toda clase de símbolos sagrados… prehispánicos. Hasta bien entrado el siglo XIX se conservó el culto a la diosa Tonantzin (en menor medida hoy pero todavía se practica).

Si tenemos la oportunidad de visitar algún convento de los primeros años del virreinato (como el de Acolman, Estado de México) veremos las paredes decoradas de forma sencilla pero de innegable influencia indígena. Sí, estos lugares comparten cierto parentesco con los antiguos templos dedicados a Huitzilopochtli y Kukulcán.

La comida es otro punto importante. Ya viene la temporada de las calaveritas de azúcar así como el pan de muerto y eso es sólo para empezar. Nos afanaremos en la cocina preparando esos platillos que gustaban a nuestros seres queridos que ya no están entre nosotros. Y no hay que olvidarnos de encender alguna llama que los guíe hasta el hogar o andarán por ahí penando y asustando a los incautos.

¡LOS ESPERO EL 28 DE OCTUBRE!

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