Por Rita Elvenqueen

Guadalupe Fonseca Rodríguez tuvo una vida digna de escribirse una novela con ella. No se unió a las tropas revolucionarias, no peleó por los derechos de la mujer ni creo grandes obras artísticas, pero su paso por el mundo estuvo marcado de incontables experiencias difíciles, dolorosas, incluso las leyendas que asustan por la noche tuvieron que ver con su historia. Siempre supo levantar la cabeza y salir adelante aunque todo se le presentara en contra.

            Nació el diez de diciembre de 1879, no se recuerda si en la ciudad de San Luis Potosí o en Zacatecas, décima y última hija de un matrimonio, además la única que sobrevivió a la alta mortandad infantil que se sufría por aquél entonces. Su madre murió cuando ella tenía pocos meses de edad y su padre la llevó con la familia de su esposa para ser criada allí. Fue tratada como parte de la servidumbre, nunca se le permitió comer en el comedor y se le daban tareas domésticas. Un privilegio se le concedió: usar zagalejo. Este era una falda roja bordada con primor que se usaba sobre el fondo interior y antes de otra enagüa blanca, sobre las tres prendas iba el vestido o la falda, pero Guadalupe nunca se consideró a sí misma de tan alto rango como para usar vestido completo.

            Su padre fue uno de los pocos aterrorizados por una aparición fantasmal en el en ese entonces jardín de la Compañía de Jesús (hoy Plaza Fundadores, ciudad de San Luis Potosí) donde vio, ya muy entrada la noche, a una mujer sentada en el pretil de la fuente que peinaba sus largos y hermosos cabellos, pero al darse la vuelta su rostro era una horrible quijada de caballo.

            Estudió en el Colegio del Sagrado Corazón, en la sección de pobres, en aquél entonces cada niña rica debía becar a otra de bajos recursos como requisito para entrar. Ahí Guadalupe recibió una buena educación y aprendió además corte y confección, se especializó en camisas para caballero. Por este oficio fue que a los quince años conoció a Antonio Sierra, de dieciocho años. En secreto se hicieron novios y se fugaron para casarse (se acostumbraba que el novio “depositaba” a la novia en casa de su madrina de bautizo mientras corrían las amonestaciones para la boda por la iglesia y cumplidas estas el padre los casaba). Para entonces Guadalupe era una jovencita alta y rubia de ojos zarcos.

            Sus dos hijas mayores perdieron la vida durante una epidemia de tosferina que cundió en la ciudad de San Luis y su esposo murió de “susto” luego de haberse ido a tomar en la soledad de un cementerio (cuando se hallaba lejos de su familia trabajando en Zacatecas). En su lecho de muerte, Antonio suplicó a su joven esposa que no se volviera a casar y ella así se lo prometió, y cumplió. Convertida en viuda sufrió mucho para sacar adelante a sus cuatro hijos sobrevivientes, contaba que a veces era tan poco el recurso para comer que se preparaban solamente diez tacos de los que correspondían dos a la madre y dos a cada niño. Vivieron en una vecindad en el barrio de San Sebastián donde la renta se cobraba en un peso con cincuenta centavos.

Era caro, pues entonces además de pesos y centavos había reales, tostones, cuadrillas, quintos y tlacos. Lavó y planchó ajeno, esas prendas enormes y pesadas que se almidonaban para luego alistarse con planchas de carbón. A las tres de la mañana salía con un canasto a recoger el pan que salía cerca del Convento de la Merced (hoy Mercado Tangamanga en San Luis Potosí) donde a esa hora se temía por la vida y por el espíritu, pues había tanto ladrones como leyendas de un hombre sin cabeza y un perro de ojos llameantes que deambulaban por ahí en horas de oscuridad. Endeudándose con un usurero se hizo de una máquina de coser usada que conservó hasta el final de su vida.

            Les dio un oficio a cada uno de sus cuatro hijos y logró sacarlos adelante en tiempos en que el peso estaba a la par del dólar y el General Porifirio Díaz se sentaba en la silla presidencial. Murió a la edad de noventa y cuatro años como mueren los pájaros, se acostó a dormir con su rosario en mano y un leve temblor dejó su cuerpo inerte.

            Doña Guadalupe fue mi tatarabuela, su historia nos llega a través de la pluma de la escritora Alba Puigdomenech, esposa de uno de sus nietos (mi abuela materna). Yo en lo personal me siento orgullosa de descender de una mujer de una sola pieza como fue la “Pitita Lupe” e invito a todos a preguntarse por sus bisabuelos y tatarabuelos ¿Quiénes eran? ¿Qué fue lo que tuvieron que vivir? Esta es la historia palpitante en nuestras venas.

JardínJuárez.jpg

BIBLIOGRAFÍA:

  • PUIGDOMENECH, Alba. “Tatarabuela”. Texto en prosa dedicado a sus nietos como parte del acervo cultural de la familia Grande Puigdomenech.
  • Imagen: “Jardín Juárez”. Vista de la Capilla de Loreto, parte del Templo de la Compañía y Edificio Ipiña. Año desconocido, subido a internet por Fausto Emilio Cepeda
  • Fotografía de: San Luis Potosí Historico

 

Anuncios