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NUESTROS CUENTOS DE SIRENAS

Por Rita Elvenqueen

¿Por qué todas las niñas quisimos ser sirenas alguna vez? Quizá porque son el prototipo de la belleza femenina y además rodeadas de un halo de misterio que nos mueve desde las fibras más sensibles de nuestra personalidad. Dotadas de una voz virtuosa inalcanzable para una mujer terrestre y para terminar son parte de un mundo que causa mayor o menor curiosidad en las personas, pero nunca permanecen indiferentes a él.

            En México se cuentan más historias de sirenas de lo que la gente cree, pues ellas están ligadas a la psique humana desde nuestro origen como especie y los antiguos mexicanos tampoco se resistieron a su esencia hechizante. De norte a sur de nuestro país se ha hablado de numerosas mujeres-espíritu que moran en ríos, lagos y hasta fuentes de ciudades coloniales. En el estado de Guerrero hay una leyenda muy llamativa acerca de Cira, una joven pueblerina que, como era la costumbre de la época, solía ir a bañarse todos los días al río. Ella era muy hermosa, consciente de su belleza y el poder que esta ejercía sobre el género masculino así que procuraba mantenerse limpia y bien arreglada en todo momento. Pero las costumbres católicas de ese entonces prohibían que la gente se aseara con agua el día Sábado de Gloria (en Semana Santa). La madre de aquella muchacha le prohibió ir ese día al río para acicalarse pero ella se sentía tan a disgusto que aprovechando un descuido de su madre se escapó al afluente para bañarse. Aquí es donde entra el misterio, pues se dice que fue castigada por su desobediencia y convertida en sirena, que todavía canta a orillas del río para atraer a los viajeros a los que después ahoga.

            Este es solo un pequeño ejemplo, pero nos da una idea de cómo la imagen de este ser mitad pez y mitad mujer es capaz de cautivar a través de los países y las épocas. La sirena se asocia con el poder femenino, con la sensualidad, la fertilidad y la fuerza oculta detrás de la belleza. Por esto mismo fue considerada una criatura demoníaca durante los siglos que imperó la Iglesia sobre la manera de pensar.

            En el viejo mundo la sirena apareció muy temprano, en las antiguas Caldea y Asiria (las primeras civilizaciones del mundo) y en ese período se asociaba a las virtudes del género femenino. En Grecia, una de las culturas más conocidas, se tiene la historia de cómo ellas eran no mujeres-pez sino monstruos con cabeza de mujer y cuerpo de ave que cantaban para hechizar a los marineros y hacerlos estrellar sus barcos contra los arrecifes para luego devorarlos, la criatura hermosa que nosotros conocemos por “sirena” entre los griegos pudo haberse llamado “nereida”. Durante el milenio que duró el medioevo a esta elemental se le conoció como símbolo de la tentación, el pecado, la prostitución y el peligro que representaba una mujer para, misma que fue satanizada en todo ese lapso.

            Los españoles vienen a México con todas aquellas ideas bien aprendidas y empiezan a dispersarlas en este otro lado del Océano Atlántico y se mezclan con las creencias prehispánicas. La corte de Tláloc no tiene nada que envidiar al séquito de Neptuno y como consecuencia se da una rica tradición oral que combina las dos cosmovisiones.

            Y hablando de la época colonial, se cuenta que en Orizaba, Veracruz, un rico hacendado enterró alguna vez parte de su fortuna en un ojo de agua y junto a él erigió una estatua de bronce que representaba a una sirena para que ella fuera la guardiana de su tesoro. El hacendado envejeció y murió llevándose a la tumba el secreto de dónde había enterrado el dinero. Ahora la noche del 24 de junio (la misteriosa Noche de San Juan) de todos los años, la sirena deja de ser de bronce para pasar a ser de carne y hueso con una hermosa cola de color turquesa que nada en el gran ojo de agua y cuando las primeras luces del amanecer se vislumbran en el horizonte regresa a su lugar y vuelve a ser una estatua de bronce.

            En pleno siglo XXI cuando la destrucción ambiental ya es más que alarmante las sirenas representan al espíritu del mar que clama por que dejemos de arrojar contaminantes al océano, donde se generó la vida y esto es cosa que se sabe desde los ya mencionados asirios. En el fondo de nuestro corazón seguimos sintiendo el alma de todo lo que nos rodea, de lo que nos es necesario como el bosque, el desierto y el mar, ahí sigue resonando el canto de las sirenas.

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BIBLIOGRAFÍA:

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