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LA FURIA DE TLÁLOC

Por Rita Elvenqueen

Al estar el Valle de México repleto de lagos es normal que uno de los dioses más importantes estuviera a cargo de todo lo relacionado con el agua. Tanto hacer que las lluvias sean suficientes como impedir que las mismas salgan de control y destruyan el hogar del hombre es una tarea importante, para ello los aztecas confiaban en mantener contento a Tláloc, mientras los mayas adoraban a su equivalente Chaac. Regía además las cosechas y la fertilidad entre la tierra, los animales y los hombres.

            Físicamente, Tláloc resulta peculiar aún entre los dioses prehispánicos, lo que más destaca de su apariencia son sus anteojeras (como si estuviera usando goggles) y sus dientas largos que sobresalen por debajo de su labio superior, esto simboliza respectivamente las nubes y la lluvia. Como cada rey necesita su reina, Tláloc tenía por esposa a Chalchiuhtlicue “la dama de las faldas de jade” quien supuestamente era responsable de que los humanos se reprodujeran en tierra así como los peces en el agua, ella era patrona y protectora de todos quienes laboraban cerca de los ríos, lagos y mares.

            El señor de las aguas no estaba solo al momento de cumplir con su fatigoso trabajo de hacer llover, tenía toda una corte de “tlaloques” (nombre que reciben sus acompañantes) que derramaban jícaras de agua a través de las nubes y luego rompían estos mismos recipientes causando los truenos. Los tlaloques son a veces descritos como duendes o simplemente como espíritus habitantes de Tlalocan, un paraíso a donde tenían derecho a ir las almas de las personas muertas a causa del agua.

            Podemos ver por lo que se ha dicho hasta ahora que el agua siempre ha jugado un papel importante en la vida de los hombres, no sólo como elemento vital, sino como algo digno de recibir culto (aunque lo segundo se relacione en forma directa con lo primero). Si continuáramos, no sintiendo una devoción religiosa, pero sí mostrando más respeto a los elementos naturales no nos hallaríamos en las condiciones ambientales de hoy en día. Todavía algunos chamanes pueden indignarse de que se arrojen desechos y aguas negras a los ríos porque se está ensuciando la casa del dios y sea este real o no resulta indiferente, pues de todas maneras ese cuerpo de agua nos cobrará lo que le estamos haciendo.

            Con la conquista de América se inicia el camino de la globalización, la destrucción ambiental y la pérdida de los antiguos conocimientos, mismos que en la modernidad no podemos saber a ciencia cierta cómo eran, fue entonces cuando se estableció la idea de que Tláloc, al igual que los demás dioses nativos, eran demonios, sucumbiendo una buena parte del culto por el agua y el cuidado de la misma que se tenía en estos lugares.

            A pesar de no ser tan sanguinario como su superior inmediato, Huitzilopochtli, Tláloc también recibía sacrificios humanos. Mientras en su forma de Chaac se le ofrecían doncellas vírgenes, en el Valle de México la dádiva consistía en niños pequeños que tuvieran el llanto abundante y un remolino natural en la cabellera. De hecho, según las leyendas, estos pequeños eran un posible origen de los tlaloques, y como ocurre en otras tantas veces, se consideraba un honor ser un regalo para los dioses.

            Aparentemente la veneración a Tláloc ya no existe en su país de origen pero detrás de la fiesta para San Isidro Labrador (15 de mayo) o el conocido “cordonazo de San Francisco” (4 de octubre) sigue asomando el rostro del amo de las lluvias, pues son fiestas que marcan el principio y el fin de la temporada de precipitaciones ¿Mucha coincidencia no? Una prueba más de lo vano que fueron los esfuerzos por arrebatar a un pueblo su cultura. Incluso hay comunidades en las que sus moradores pelean a golpes entre sí hasta hacerse sangrar, no por mala conducta ni por rencillas personales, sino para ofrecer ese líquido que mana del cuerpo a Tláloc o a Chaac.

            Ahora que las lluvias, al menos en mi ciudad, nos están dando una tregua, es momento de recordar ciertos sucesos acontecidos en la década de 1960, cuando en un poblado cercano a Texcoco (San Miguel de Coatlinchán) se encontró una enorme escultura pétrea representando a Tláloc o a Chalchiuhtlicue. Fue trasladada al Museo Nacional de Antropología e Historia tras un año de lidiar con los lugareños que se esforzaban en impedir que los despojaran del dios. Por el camino la gente le fue colocando flores y frutas como ofrenda y al entrar el monolito en la Ciudad de México una lluvia torrencial impropia del mes de abril se desató ¿Fue una bienvenida o una muestra de furia? ¿O quizá una advertencia?

  Rita Elvenqueen-01.png

BIBLIOGRAFÍA:

Imagen: “Tláloc” del Códice Borgia. Dominio Públio

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