Por Guillermo Canseco Ramos

Imaginemos que el progreso científico y el desarrollo espiritual avanzaran de la mano. Que no fueran mutuamente excluyentes. Que tanto el uno como el otro tomarán lo mejor de su supuesto antagónico y lo aplicaran para un desarrollo más íntegro y más expansivo. Estoy seguro que sí hay personas que lo están intentando. Científicos que comprenden que siempre habrá algo más allá de la lógica y de los cálculos matemáticos. Líderes espirituales que reconocen en la ciencia un aliado para entender de una mejor manera la divinidad del cosmos y de nosotros mismos.

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Aun hoy, ya inmersos en la dinámica del siglo XXI, pareciera que la brecha se ha ampliado. El fuego de los viejos rencores no se ha podido apagar. Hay quiénes aun someten al juicio de la balanza el número de muertos a consecuencia, por un lado, de las bombas nucleares y otros avances y, por el otro, a las persecuciones y diferencias religiosas. Más allá, hay quienes en su ignorancia desdeñan a la espiritualidad al no ser “comprobable” y hay quienes reniegan de la ciencia por ser algo demasiado “materialista” y que en su visión reducida de la vida se burlan o rechazan los pronunciamientos en uno u otro sentido.

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Pero, ¿qué sucedería si tomaran el mismo rumbo, si alguien los pusiera en un mismo contenedor aunque sin mezclarlos? Sí, eso sí, me parece que no deben mezclarse. Deben seguir un mismo rumbo como líneas paralelas, pero no debieran cruzarse. Cada uno tiene sus fines, pero en los medios es en donde pueden apoyarse. Por supuesto, es sano cuestionar y refutar paradigmas, pero dejando a un lado la presunción, el orgullo y otras actitudes que no permiten avanzar. Un científico ateo y un religioso –o persona espiritual, si prefieren el término – bien podrían por lo menos estar de acuerdo en que ambos aún están lejos de ser dueños exclusivos de una verdad que entre más parece que la alcanzamos, más nos estamos alejando de ella.

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Qué bueno que ya existan más debates al respecto, que haya libros, películas y personas “normales” que discutan acerca de esta unión tomándose un café o en un aula de escuela. Quienes no perteneciendo a ningún bando tienen otra perspectiva, sí, como espectadores, pero también con la genuina necesidad de que por fin, de una vez por todas, lleguemos a una Era en donde podamos decir: ¡esto es EVOLUCIÓN!

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