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CANADÁ: EL CONJUNTO DE CABAÑAS

Por Rita Elvenqueen

En cierto relato de terror que tuve la fortuna de leer (“El Wendigo” de Algernon Blackwood), uno de los personajes se asombra de acampar en los bosques que unen el sur de Canadá y el norte de Estados Unidos de América pues parecen infinitos como el mar o como el cielo, poderosos y capaces de tragárselo a uno de un solo bocado, asegura que comparados con ellos los bosques ingleses “parecieran de juguete”.

            Canadá fue un lugar amistoso en primavera y verano pero despiadado en invierno, un ambiente en que los hombres y los lobos peleaban entre sí por su alimento tal como lo narra Jack London en su novela “Colmillo Blanco” ambientada en la zona del Yukón (colindando con Alaska). Esto la hizo un paisaje difícil de explorar, tan hostil como la rivera del Amazonas y por eso es la prueba de que mientras más complicado es algo a los ojos del ser humano, más se empeña este en conseguirlo, pues poco antes de la Revolución Francesa varios reyes europeos mandaron a misioneros y soldados a reconocer el terreno con la orden de informar si había algo de lo que valiera la pena adueñarse. Rusia que dominó Alaska, Francia que fundó Nueva Orleans y reclamó la isla de Haití, Inglaterra a la que ya se le iban de las manos las Trece Colonias  así como España que ya dominaba el continente casi entero se pasearon por aquella zona septentrional a ver qué podían ganar.

            Nootka fue el punto más al norte en el que alguna vez hubo colonización española. Como ocurrió más al sur, se valieron de la conquista espiritual para hacer contacto y luego dominar a los naturales pero nunca lograron tener en Canadá la misma presencia que en lo que hoy es América Latina. Los enviados hispanos tuvieron comercio con los indios de varias tribus, se realizaron algunos viajes e incluso hubo algunos problemas pero el ejército español no era tan numeroso como para sostener la rienda de la Nueva España y todo lo que continuaba al sur y además tomar el compromiso de tomar Canadá.

            Igual que Alaska y Groenlandia, Canadá hoy posee ciudades a pesar del clima pero sí es considerada un país de primer mundo. Finalmente fueron ingleses y franceses quienes le dieron forma e igual que ocurrió con su vecino del sur, las tribus nativas quedaron relegadas. Aunque cabe recordar que los europeos tuvieron uno de los golpes más terribles a su orgullo en ese lugar. Los nativos los convencieron de que había metales preciosos y se divirtieron viéndolos buscar como locos por toda la zona sin encontrar nada, los indios solo deseaban no ser molestados.

            Su nombre proviene de “Kanata” que en lengua indígena quiere decir “poblado”, “asentamiento” o “conjunto de cabañas” porque así era como se veía al momento de ser explorada. En su región de más al norte puede compartir con Alaska y Groenlandia la cultura de los nativos inuit de los que ya hemos mencionado algo en los dos artículos anteriores. Señores de las tierras frías, eran expertos en la cacería, la confección de ropa de piel, dueños de leyendas increíbles como la que habla sobre auroras boreales, estas según su cosmovisión están formadas por las antorchas de sus ancestros fallecidos, que encienden esas luces para indicarles el camino al reino de los muertos a quienes van muriendo.

            Aunque las tecnologías avancen, el frío es un enemigo con el que siempre hay que irse con cuidado. Aún se preparan en Canadá una especie de barras alimenticias hechas de carne seca apelmazada con miel repletas de nueces y otros frutos secos. Aquí en México no se nos antoja la machaca con miel pero por allá se necesitan todas las proteínas posibles a fin de sobrevivir en caso necesario. Este sustento es básico cuando uno va a esquiar, acampar o a realizar cualquier tarea al aire libre en temporada invernal.

            Por último: si se preguntaban qué es un Wendigo, mencionado en el primer párrafo, es una criatura tenebrosa que supuestamente habita en los bosques canadienses y estadounidenses. No devora a los caminantes extraviados, lo que es peor, los toca en el pecho congelando u corazón y bajo su influjo un hombre puede volverse salvaje, asesinar y devorar a su propia familia hasta que finalmente quede convertido en un Wendigo también. Esta es la prueba de lo que la naturaleza puede hacernos, de que nosotros no somos sus dueños sino su propiedad.

BIBLIOGRAFÍA:

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