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MÉXICO, PAÍS DEL CHOCOLATE

Por Rita Elvenqueen

¿Sabían que es un alimento sagrado de nuestros ancestros? Cuando tuve la oportunidad de visitar las ruinas arqueológicas de Comalcalco, Tabasco me impresionó una estela magistralmente tallada en piedra que ilustra los diferentes niveles del universo. En el inframundo las almas llevaban, cada una, su ofrenda consistente en un grano de cacao. En el mismo sitio o en las haciendas chocolateras de la misma entidad es posible vivir una experiencia casi mística de lo que es la preparación de este delicioso alimento y su consumo.

            No sé por qué Comalcalco tiene una felicitación o un lugar especial en cierto escalafón hecho por chocolateros parisienses cuando deberíamos ser nosotros los que evaluáramos a los demás. Antes de la llegada de los españoles, estos nunca tuvieron ni chocolate ni atole para combinar con su rosca de reyes.

            Hoy lo conocemos en todo el mundo y en innumerables presentaciones diferentes, pero nuestros antepasados sólo lo conocían en una: como bebida (por cierto, parte del ritual de su preparación era dejar caer el líquido desde por encima de la cabeza hasta un recipiente puesto en el suelo, esto con la finalidad de que hiciera su deliciosa espuma). En la época prehispánica ya se elaboraba también en su modalidad alcohólica. También es cierto que no en todos los casos se comían las semillas, sino la pulpa del cacao.

            Cuando los conquistadores entraron en contacto con los aztecas fue que tuvieron el placer de conocer al “xocolatl” que significa “agua amarga” aunque los mexicas pudieron obtener la receta de culturas mesoamericanas más antiguas como los olmecas y los mayas. Por aquellos días se molían las semillas y se elaboraba una pasta con ellas, se mezclaba con muchas cosas distintas como maíz, chile, miel, vainilla (de la cual también hay leyendas prehispánicas) y un sinfín de especias.

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            Tan valiosa era una vaina de cacao para la vida, la religión y la economía que incluso era la moneda bien recibida en ciertos aspectos del comercio y el ahorro. No cualquiera aspiraba a poseer una buena cantidad de cacao, era elitista. Los reyes y los guerreros, por ejemplo, lo bebían antes de la batalla de forma ceremonial, pues era una manera de hacer contacto con Quetzalcóatl.

            Al llegar a España, el chocolate se mezcló con ingredientes con los que no podíamos soñar en América: leche y azúcar. Se volvió más sabroso y popular entre la nobleza real y eclesiástica de aquella nación. Pero no fue conocido por otros países europeos hasta tiempo después, tal parecía que los españoles estaban reservándolo solo para ellos. En Francia hizo su aparición a través de matrimonios arreglados. En Alemania y otros países protestantes tuvo problemas para encajar, pues era visto como parte del papado y la ociosidad católica. En Inglaterra, eventualmente se abrieron “casas de chocolate” donde la gente aristócrata se entregaba a una conducta desenfrenada.

            Con la revolución industrial entre los siglos XVIII y XIX se inventó la prensa para chocolate y se empezó a fabricar el polvo de cocoa, base para numerosos productos de chocolate hoy en día. Francia, Inglaterra y Alemania plantaron árboles de cacao en sus colonias asiáticas y africanas, donde el clima es favorable para su crecimiento. Cabe mencionar que muchos de los trabajadores en el cultivo del cacao fueron esclavos y, aunque hoy es ilegal, es posible que niños estén siendo esclavizados en el occidente de África para que nosotros tengamos el chocolate en nuestra alacena. Un dato muy triste de lo que es uno de los productos más amados por el mundo entero.

            En mi ciudad hay cierta marca de chocolates que se fabrican aquí desde la primera mitad del siglo XX, originalmente por una familia de apellido italiano. Puedo recordar que cuando yo era pequeña tenían una calidad más agradable y me entristece el que hayan perdido parte de su personalidad. Pero no sólo tenemos chocolates de grandes marcas nacionales y extranjeras, los hay artesanales junto con suficientes dulces tradicionales como para complacer a los paladares más exigentes, creo que deberíamos volver la mirada hacia ellos ahora que se acerca el catorce de febrero.

            En la imagen que acompaña este artículo se retrata a un gran señor maya que prohíbe a un extranjero tocar su precioso recipiente de chocolate. Yo en lo personal he hecho lo mismo ¿Ustedes no?

BIBLIOGRAFÍA:

 

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