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¿Es verdad que el amor está en el cerebro? Parte 1

 

Por Juan Francisco Conteras Lara.

Este es el primero de varios artículos que se dedicarán a la conducta amorosa en el ser humano y su relación con la actividad del cerebro y la biología humana.

El amor es una palabra corta con un significado e implicaciones interminables. Existen en el mundo muchas expresiones de amor, explicaciones e incluso teorías románticas que implican las expresiones “media naranja”, “bajar la luna” o “morir de amor”, entre otras.

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También es verdad que las expresiones (conductas) de amor tienen diferentes etapas, procesos e incluso, cuando termina, sus efectos en las personas también son de importancia en la sociedad. Está claro que el amor es un fenómeno que impacta en diferentes áreas del ser humano a lo largo de su vida social, mental y física y es justamente los efectos mentales y físicos los que nos interesan para esta serie de artículos.

¿Cuál amor? Todos.

Comencemos con la unificación de las primeras 14 entradas de la Real Academia Española de la lengua sobre el amor: sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser, este ser nos atrae y procurando reciprocidad en el deseo de la unión,  complementa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear. (Real Academia Española, 2018)

Cabe resaltar el conjunto de acciones e implicaciones que tiene dicha definición, iremos poco a poco resolviendo cada “partícula” que compone esta conducta humana con el afán de descubrir solo algunos mecanismos que implican al cerebro, sus partes y funcionamiento en la conducta del amor humano y en otras especies.

¿Y el corazón?

Aproximadamente en el Siglo IV a.C. ya se comenzaba a compartir la idea de que el cerebro era el lugar de todos los procesos (o su mayoría) emocionales del ser humano. Hipócrates (El padre de la medicina moderna) afirmaba que “Los hombres deberían saber que del cerebro y nada más que del cerebro vienen las alegrías, el placer, la risa, el ocio, las penas, el dolor, el abatimiento y las lamentaciones” y la investigación en neurociencia lo ha ido confirmando en la actualidad a pasos sobresalientes, pero prudentes.

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Si bien la frase anterior de Hipócrates nos habla que en el cerebro están las alegrías, las lamentaciones, el placer y otras cosas ¿qué de esto no se experimenta en el largo y sinuoso fenómeno del amor? Bajo reserva de equivocarme, en el amor hay alegría, lamentaciones, placer, dolor y muchas otras cosas antes mencionadas que pondremos bajo la lupa de la investigación para conocer la relación amor-cerebro y el por qué de algunas cosas.

Advierto también que si este artículo es leído con el afán de descubrir “La verdad absoluta del amor”, temo decirle que solo encontrará algunos descubrimientos, ya que aún nadie se atrevería a decir que tiene la última verdad sobre el amor, sus mecanismos en el cerebro y “la fórmula del amor perfecto”.

Tras esta larga introducción, es preciso iniciar con algunas palabras de aliento. Sí, el cerebro está muy comprometido con los procesos amorosos del ser humano, aunque también otras partes del cuerpo en diferentes procesos de las etapas de una relación amorosa. Para comenzar, hablaremos de la primera etapa de dicho proceso: el cortejo y búsqueda de pareja. Como lo experimenta cada persona –subjetivamente-, el proceso de cortejo y selección de una pareja está determinada por varios aspectos que la mayoría desconocemos.

¿Desde qué momento elegimos a alguien?

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En un artículo de la BBC Mundo escrito en el año 2016 se describen los mecanismos de la selección de pareja y el sistema llamado Complejo mayor de histocompatibilidad ¿Cómo podemos entender este término? De manera más sencilla, este sistema le permite a nuestro cuerpo diferenciar células peligrosas y no peligrosas, básicamente es la “policía” de las células que nos conviene tener en nuestro cuerpo y cuando identifica una que no es adecuada o potencialmente dañina, es rechazada y exterminada.

Para aclarar esto, primero ¿cómo se llaman esos “policías diminutos”?  Se llaman antígenos leucocitarios humanos ¿Entonces qué hacen estos antígenos? ¿Rechazan a las parejas que son malas para nosotros y aprueban a los adecuados? Respuesta: no exactamente. Lo que ellos nos permiten hacer es reconocer a los que son diferentes a nosotros en defensas inmunológicas. ¿Por qué es conveniente conocer a alguien que no tiene las defensas o “policías” iguales a los míos? Pues porque cuando se unen, sus dos sistemas inmunológicos se combinan, asegurando a las siguientes generaciones un sistema de “policías” más fuerte y variado.

La siguiente pregunta probablemente ya esté en su mente ¿Y dónde pregunto por los policías o antígenos de la persona que me atrae? ¿Cómo nos enteramos los humanos de esto? La investigación reciente ha reconocido que a través de señales olfativas que emite nuestro cuerpo en el aire, incluso este tipo de partículas se encuentran en nuestro sudor y saliva.

Hemos dicho que son señales olfativas ¿Y el cerebro? Pues en el cerebro existen un conjunto de neuronas olfativas que son capaces de identificar rápidamente  a los antígenos leucocitarios de todas las personas que nos rodean, siendo más atractivos y cercanos aquellos que tienen policías inmunológicos diferentes a los nuestros y permitiendo seleccionar a una persona que potencialmente engendre un hijo o hija con mayores posibilidades de vida.

Las mariposas están en el estómago, pero las reconocemos en el cerebro.

Directamente en el cerebro hay una estructura que se llama corteza insular,  la Dra. Garza en el año 2010 comentó en uno de sus escritos que esta parte del cerebro es la que nos permite reconocer la sensación de “mariposas en el estómago” al ver a la pareja en el periodo del enamoramiento. ¿Qué podemos decir de la corteza insular? La corteza insular se encuentra debajo de la capa de la corteza cerebral, aquellos giros que vemos en las imágenes del cerebro y que cubren la mayor parte de este.

¿Corteza insular? Sí, la corteza insular ha demostrado ser la responsable de  gran parte la recepción de sensaciones como el tacto, la temperatura, los movimientos del estómago, los intestinos y otras vísceras. Además, se ha comentado teóricamente que esta parte de nuestro cerebro podría ser la responsable  también de la conciencia subjetiva de las emociones y sentimientos corporales (Blas, Sedeño e Ibáñez, 2012)

Estos dos pequeños pero significativos datos sobre el proceso del enamoramiento han cambiado la forma de ver aquellos efectos románticos corporales que se activan por el ser querido: las mariposas y el corazón se agitan, entre otras formas de reaccionar ante alguien que nos atrae. Sin lugar a dudas hemos confirmado que estos dos procesos sencillos se dan de manera inconsciente y que ahora que sabemos, podemos dar una explicación más clara a lo que nos pasa cuando nos enamoramos.

Finalmente, es preciso comentar que esta es solo la primera parte y se desarrollarán otros temas como la atracción física, la química cerebral, la infidelidad y las rupturas amorosas, entre otros temas relacionados. Solo me queda agradecer su lectura y esperar sus comentarios y opiniones para próximos artículos de su interés.

Referencias bibliográficas.

Real Academia Española (2018) revisado  el 8 de julio de 2018 en línea en http://del.rae.es/?id:2PGmlay

BBC Mundo (2016) Cómo se encarga tu cuerpo de encontrarte la pareja sexual ideal sin que lo sepas. Revisado  el 8 de julio de 2018 en línea en www.bbc.com/mundo/noticias-37691227

Garza, I. (2010) Neurobiología del amor. El residente, V (1), 6-8.

Blas Couto, J., Serdeño, L., e Ibañez, A. (2012) Interocepción y corteza insular: convergencia multimodal y surgimiento de la conciencia corporal. Revista Chilena de Neuropsicología, 7 (1), 21-25.

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