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Los bienamados, breve semblanza de la innovación cinematográfica de la década de los 60

“Además, cada vez me producía mayor depresión la salida del cine al sol, tener que maldecir con los ojos cerrados por el fin de la película”

¡Qué viva la música!

Andrés Caicedo

Por: Lucas Lucatero

En 1965 Juan José Gurrola y Juan Ibáñez llevaron a la pantalla grande un filme (en realidad dos mediometrajes de sesenta minutos cada uno) titulado Los bienamados, basado en dos narraciones excepcionales: “Tajimara” de Juan García Ponce, narración antologada en el libro La noche y “Un alma pura” de Carlos Fuentes, contenida en Cantar de Ciegos. La adaptación resulta muy interesante porque se trata de la opera prima de los directores de cine JJ Gurrola e Ibáñez; éste último rodaría dos años más tarde la inolvidable y exitosa película Los Caifanes que marcó un antes y un después en el cine nacional, además el nombre de dicho metraje servirá como inspiración y autodenominación del grupo rockero que aparecerá veinte años más tarde, bajo las figura centrales de Saúl Hernández y Alejandro Marcovich, y que marcaría no a una, sino a tres generaciones.

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Apreciados desde una perspectiva global, ambos relatos abordan las complicaciones existenciales derivadas del concepto del amor postmoderista, así como esa liberación sexual ya anunciada a inicios de los 60 y llevada al límite en las siguientes décadas; conflictos existenciales de los personajes, concretamente del artista como ente, el incesto, el alcoholismo, la inestabilidad emocional, la depresión o el suicidio, por mencionar algunos.

Juan García Ponce como uno de los exponentes más calificados de la Generación de Mitad de Siglo lleva hasta los límites el erotismo, claro, hasta donde la misma época y cultura se lo permitieron. Esta misma semilla erótica germinará magistralmente en Inmaculada o los placeres de la inocencia. Pero, concretamente en el filme son perceptibles ciertas barreras, morales quizá, que la misma sociedad al verlos representados en el cine se hubiera escandalizado para el año en que salió a la luz; por ejemplo, en el texto “Tajimara” se plasma una sexualidad desbordada de parte de los personajes principales, Cecilia y Roberto. Ella divorciada y él un traductor de veinticinco años y con una licenciatura que aún no termina. En cambio en Los bienamados los personajes son recatados, los encuentros sexuales se sobreentienden y quedan implícitos al acercamiento de los cuerpos, las cámaras sugieren con close up de piernas entrelazadas; el magnífico actor Claudio Obregón, en su papel de Roberto, acostado encima de Pilar Pellicer y abrazándola; el enfoque de la cámara hacia la espalda de ella, sin mostrar los senos, o la secuencia en la cual Cecilia estaciona el coche a la orilla de la carretera, mira con seducción a Roberto y nos da entender con los movimientos de sus brazos que se despoja de sus pantaletas para después susurrarle “No quiero que pase nada, ten cuidado”. En esa misma secuencia el acto sexual, denotado por el rictus de éxtasis de Cecilia y el cristal escurriendo de agua enfocado por la cámara. A lo que quiero llegar es que en la adaptación es necesario el concepto de un erotismo diáfano, casi puro, pues gran porcentaje de la decodificación del receptor depende de la imagen, la actuación y el símbolo.

¿Por qué considero importante recomendar esta película? En general la percepción de Los bienamados es que carece de acción y es cierto, porque después de la violencia exacerbada de la Revolución Mexicana, de su literatura, el cine y demás expresiones del arte, lo que sigue es un periodo de ensimismamiento y posteriormente, durante la década de los 60 deviene una reflexión sobre el individuo, primero, y después de la sociedad; de ahí los extensos diálogos que profundizan en la personalidad y los conflictos psicológicos. El largometraje y el cuento reflejan con precisión un México que se debate entre la posmodernidad y el tercer mundo, además de ser el reflejo del individuo que queda atrapado entre esta encrucijada. Eso nos plantea el filme.

También resulta interesante la fase de experimentación de Juan José Gurrola y Juan Ibáñez, aquella que consiste en introducir actores que no lo son, profesionalmente hablando, sino más bien artistas en el sentido estricto de la palabra: escritores, periodistas, pintores, actores noveles, lo cual enriquece sobremanera la filmación; incluso con el paso del tiempo se podría considerar a la película como patrimonio histórico, no tangible, de la humanidad y de la cultura mexicana. Me explico: exactamente en el minuto 33 la trama desemboca en una fiesta a la que Cecilia y Roberto asisten, una fiesta propia para una divorciada y un traductor que en sus ratos libres también escribe, es decir, una noche bohemia. Aparecen como extras Juan Vicente Melo, Carlos Monsiváis, la actriz rusomexicana Tamara Garina, la pintora Lilia Carrillo, el pintor Manuel Felguérez, el propio Juan García Ponce, el poeta Tomás Segovia, Lucía Guilmaín (hija de Ofelia Guilmaín y quien debutó por primera vez en Los bienamados) o Beatriz Sheridan. Y tal parece que era una innovación de los directores, pues hay que recordar que Ibáñez, aunque no es el director de la adaptación “Tajimara”, sí repetirá dicha maniobra (la simbiosis literatura-cine) en Los caifanes precisamente cuando Monsiváis representó a un Santa Clos borracho en una cenaduría.

Y como muchas cosas buenas en la vida son gratis, dicta un proverbio o sentencia optimista, usted puede encontrar ambas películas a las que me he referido en esta reseña en Youtube, sólo es cuestión de que aparte tres horas de su valioso tiempo, las cuales se le van como agua en estar “feisbuqueando” y goce del cine de culto mexicano. Hasta la próxima.

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Categorías:Colaboradores, Noticias MX