“PORQUE SOY MEXICANO”

Rita Lemus Grande

El título hace referencia a la respuesta del cineasta mexicano Guillermo del Toro cuando se le preguntó cómo hace para encontrar a la vez la naturaleza terrorífica y fantasiosa del espíritu humano y a la vez lo alegre y amoroso. Es evidente que para él ser mexicano es algo explicable, algo nítido que no pierde de vista, pero ¿Cuántos de nosotros podemos definir qué es el “ser mexicano”?

A todos los pueblos sometidos se les hace olvidar su pasado glorioso y el origen mítico narrado por sus sacerdotes; de esta forma es más fácil que las personas acepten su nueva condición de servidumbre, reconociendo todo lo extranjero como mejor y envidiable ¿Te suena conocido? Sí, esto fue lo que aconteció en México a partir del siglo XVI. Cuando nos volvimos independientes no teníamos cómo recuperar la memoria y se necesitó de un siglo y medio para poder tener una somera idea, aunque fuera, de la antigua sociedad mexicana… que ya no se parece tanto a lo que somos hoy en día.

          Los aztecas, salidos de Aztlán, vinieron caminando desde el norte cargando un origen y unas creencias nacidos en los profundos bosques de América del Norte, donde se hablaba de un Gran Espíritu benévolo que vivía en el cielo o en la cumbre de una gran montaña rodeado de creaturas divinas con forma de águilas; estos últimos eran sus servidores y se encargaban de vigilar la tierra, protegerla de los engendros del mal con forma de serpientes que pasan a nuestro mundo a través de los estanques y las cuevas. Aquél grupo de viajeros aztecas buscaban una tierra prometida, misma que sus dioses iban a marcar con una señal… al ver al águila devorando a la serpiente en un islote (según cuenta la leyenda) ellos toman por hecho que esta es la indicación: aquí el bien ha de triunfar sobre en mal ¿Conocías esta leyenda? Bueno, ahora sabes qué responder cuando te pregunten por qué el escudo nacional es así.

          Ya ni siquiera sabemos dónde estuvo ubicado Aztlán. Hoy es una tierra perdida igual que Camelot en Inglaterra, pero bien podemos soñar con ella como un lugar poblado con gente de carácter tenaz y aguerrido, capaz de todo sacrificio por alcanzar un sueño.

          Dicen que todas las regiones en el mundo tienen sus épocas de florecimiento para cuentos y leyendas. Los europeos aseguran que la de ellos fue la Edad Media. La nuestra parece haber sido el periodo colonial y el siglo XIX. Al hojear un libro de leyendas de cualquier estado encontraremos muchas historias acerca de aparecidos a las puertas de los cementerios, de túneles entre las propiedades de la Iglesia Católica y la Inquisición junto con lo que ocurrió ahí, cosas por el estilo. Pero escarba un poquito debajo de esta gruesa capa, que no carece de belleza, pero que no revela todo lo que hay. Sin olvidarnos de las narraciones mestizas vamos a retirar el tapiz, con cuidado de no romperlo, para ver qué hay debajo de él.

          Historias como la que tanto enorgullece al estado de Oaxaca, la princesa Donají… también de esta tierra ventosa llega el cuento de una flor que caminaba de puntitas. El verdadero rostro de la icónica Llorona se nos muestra desde tiempo atrás a la llegada de los españoles. El sur está plagado de anécdotas ocurridas al jaguar por su carácter fuerte, pero también curioso. Más para mi tierra (el centro y norte del país) encontramos leyendas que apenas se muestran ya, casi transparentes, sobre grandes hechiceros que pasaron por ahí al atravesar todo el continente, brujas indígenas y serpientes descomunales.

          Es verdad que nuestra herencia completa debe una mitad a las consejas llegadas del otro lado del Océano Atlántico. Esto no se niega en ningún momento.

          Para mí, ser mexicana significa grabar en todos estos cuentos en mi corazón y representarlos de cuanta manera sea posible. Ya los hice música y teatro… voy por el dibujo. A través de ellos aprendo lo mejor de ambos pueblos (mexicano y español): la tenacidad, la valentía y la fe en que con perseverancia se consigue que las cosas ocurran.

Rita

Imagen: “El reino de Tláloc” (Rita Lemus Grande)

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