EL PAISAJE QUE OBSERVA

Rita Lemus Grande

¿Qué ve el hombre hoy en día en un paisaje? Sea cual sea su naturaleza: Maderas para explotar en forma comercial, agua para consumo, minas de distintos minerales para la economía moderna, terrenos para construcción y siembra… En resumen, el ser humano ve en los recursos naturales un elemento a su servicio y qué lejos parece aquella época en que la naturaleza era un templo al que, antes que nada, había que respetar. El máximo peligro que consideramos en un área natural podría ser un animal ponzoñoso (ya casi ni los hay tan grandes como para devorarnos)… nadie teme ya a la furia de los “señores” del lugar.

            Muchas son las leyendas, pero muy pocas las personas dispuestas a creerlas; es tanto el conocimiento sobre la naturaleza que la gente cree que nada en ella podría sorprendernos a estas alturas.

            ¿Cómo habría sido crecer bajo la idea de que cosas maravillosas u horribles ocurren en la espesura? Atravesar un sendero no pavimentado sintiendo que alguien nos observa, alguien fuera de nuestro alcance y comprensión. Los bosques, las playas, selvas y desiertos se consideraban poblados por una gran cantidad de acólitos como duendes o espíritus femeninos de gran belleza que vivían para custodiar lugares sagrados (o malditos) ¿Qué lugares? Viejos árboles, grutas o montañas que hacían las veces de altar en medio de un vasto santuario a la intemperie.

            En el siglo XIX los conocimientos en geografía, botánica y zoología llevaban ya ciertas ganancias, pero se conservaban aún creencias antiguas y entonces refinadas a un nivel muy artístico por el paso del tiempo. Cundieron entre Europa y América una serie de relatos que invitaban a la mente a aventurarse lejos de la civilización, donde las leyes que conocemos no son válidas.

            El paisaje de las leyendas pareciera tener una consciencia propia, una habilidad para observar muy exacta adquirida por sus milenios de edad y que persigue a todo aquél intrépido que se eche a caminar a través de él. El paisaje es ambivalente, es decir, no es ni bueno ni malo: más bien sus intenciones dependerán de qué clase de persona es este aventurero y de su suerte. El paisaje puede ser un refugio para los perseguidos injustamente o puede ser una trampa, perpetua o mortal, para quien no corra con la misma fortuna.

            El primer instinto de un paisaje en toda leyenda será mostrarse hostil con quien lo invade: lo va a torturar a voluntad jugando con su mente: sombras, ramas que crujen, ruidos que no parecen hechos por algún animal, etc. Al medir su espíritu, si el paisaje descubre que la persona no tiene planes de hachas ni fogatas entonces podría ser más cordial… si ese es su deseo.

            Una fuerza natural desconocida no solo se va a manifestar en forma de alguna creatura humanoide. Aquí en México, en los encantados bosques del estado de Puebla se habla de una familia que al dar un paseo se topó con un pequeño lago magnífico de aguas cristalinas y luminosas. Estando en los meses cálidos, no resistieron la tentación y se metieron a nadar en el cuerpo de agua… pero al poco tiempo se dieron cuenta de que estaba habitado por peces de múltiples colores que no tenían ningún miedo en acercarse a los visitantes. Este hecho no les pareció nada normal y decidieron salir de ahí sin tardanza. Durante un tiempo no pensaron en regresar al extraño lago, pero después la curiosidad los venció y fueron en busca de él, para no volver a encontrarlo nunca más.

            Aunque no sea necesario un bosque alemán o escandinavo sí se requiere un área lejos de las actividades humanas, pues no cualquier grupo de árboles se considera paisaje encantado. Uno puede hacerse la ilusión de conectar con la espiritualidad natural en un parque o en un jardín, pero lo cierto es que los sonidos como alarmas de autos nos obligan a permanecer atados a nuestra realidad humana, moderna y tecnológica.

            ¿Qué clase de leyendas has leído o escuchado? ¿Te interesa compartirnos alguna de características poco comunes? Sería magnífico.

Imagen: “Hadas Mirando a través de un Pasaje” John Anster Fitzgerald. Siglo XIX. Dominio Público.

Imagen: “Hadas Mirando a través de un Pasaje” John Anster Fitzgerald. Siglo XIX. Dominio Público.

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