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INNtenseando: La cara oculta de la educación en estos tiempos de pandemia

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Sergio Dávila Espinosa

Como la luna, la interrupción del servicio educativo provocado por la pandemia de COVID-19 tiene dos caras, una luminosa que luce expuesta ante los ojos del mundo y otra oculta de la que poco nos ocupamos.

De acuerdo con datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación la Ciencia y la Cultura (UNESCO) a mediados del mes de abril, más de mil quinientos millones de niños y jóvenes en 190 países del mundo, equivalentes a más del 90% de la matrícula total mundial fueron afectados por el cierre de escuelas y universidades por la pandemia.

En la cara luminosa están las diversas y dolorosas brechas tecnológicas, socioeconómicas y culturales en todo el mundo. Algunas de éstas se han señalado ad nauseam. En nuestro país el 74% de los estudiantes tienen un lugar tranquilo donde puedan trabajar en sus clases a distancia, 57% tienen en su casa computadora que puedan usar y el 68% cuenta con acceso a internet. Esta última cifra aumenta por el uso de smartphones para conectarse a la red. Pero la mayoría lo hacen a través de un plan de prepago cuyos datos, dependiendo del plan que usen, se agotan rápidamente si descargan documentos o consultan videos. Las diversas estrategias puestas a disposición de alumnos y maestros por parte de la Secretaría de Educación Pública no parecen haber impactado significativamente en el trabajo de los alumnos y maestros a pesar de que conocedores de estas cifras, eligieron como medio tecnológico central del Aprende en Casa el uso de la televisión que llega a más del 90% de las familias.

La cara oculta de la luna no es menos real que la luminosa. En ella está la creatividad y compromiso profesional de los docentes quienes en poco tiempo debieron adaptarse y reinventar su quehacer privilegiando la comunicación con sus estudiantes, seleccionando contenidos y en muchos casos, incursionando en el manejo de tecnologías que, aunque llevaban tiempo disponibles, no habían sido utilizadas de manera generalizada. También está su generosidad para utilizar sus propios recursos para la tarea. Recordemos que salvo contadas excepciones de instituciones de educación superior y/o particulares, las instituciones educativas no dotan de computadoras, laptops o tablets a sus docentes. Por ello algunos tuvieron que recurrir a sus ahorros o a un endeudamiento en tiempos donde la economía presenta un panorama que no sólo no es incierto sino funesto, para adquirir o reparar un equipo que les permitiera dar clases a distancia. Otros tuvieron que alternar el uso de una computadora con las tareas de los hijos y el home office. La mensualidad del internet y de la luz, también corrieron por su cuenta.

La forma en que la escuela impactó los horarios y carga de trabajo de los docentes también está en la cara oculta. Se invirtieron muchas horas “extras” en adecuar contenidos, aprender a utilizar alguna plataforma para las videoconferencias a las que los convocaban sus directivos y para la selección o producción de contenidos educativos. Existen numerosos testimonios de acciones heroicas de los profesores en todo el país para comunicarse con sus alumnos, para hacerles llegar consignas de trabajo y para apoyarlos en lo emocional en los casos que se presentaron situaciones de violencia doméstica, contagios de COVID-19 en algún miembro de la familia o pérdida del trabajo de alguno de los padres.

Los docentes abrieron grupos de Whatsapp o de Facebook, grabaron clases con la cámara de su celular o reunieron a sus alumnos incluso con uniforme frente a una pantalla de Zoom.  Y con ello, también abrieron la intimidad de su hogar y la disponibilidad de sus horarios. ¿Se podría haber hecho mejor? Seguramente sí como también se pudieron haber tomado mejores decisiones en el sector salud, o en el económico. Pero los docentes reaccionaron como pudieron con lo que tenían a la mano, y en la modesta opinión de quien esto escribe, lo hicieron de manera extraordinaria.

Foto: Olivier Douliery / AFP/Getty Images
Foto: Olivier Douliery / AFP/Getty Images

¿Qué viene ahora? No lo sabemos, pero no podemos quedarnos de brazos cruzados esperando otro Tsunami. Las instituciones educativas deberán prepararse y preparar a sus docentes para planear en un ambiente de incertidumbre que considere modalidades híbridas de trabajo que consideren la necesidad de alternar lo presencial con el uso de tecnologías para trabajar a distancia. De esto hablaremos en la próxima entrega.

Quizás el mirar que la cara oculta de la luna es innegablemente bella, me hace idealista, pero por qué no pensar que es un buen momento para que las autoridades consideren algunas alternativas para brindar un apoyo extraordinario a los docentes. No se trata de reconocimientos ni premios, que sabemos bien, están acostumbrados a que se les regateen. Existen créditos y apoyos, aunque limitados, a microempresarios. ¿Por qué no pensar también en otorgar un apoyo semejante de $25,000? para que los profesores puedan adquirir o actualizar sus equipos de cómputo, licencias para el uso de programas, antivirus, plataformas o cursos de actualización elegidos por ellos.

Esta pandemia nos ha demostrado que las computadoras dentro y fuera del aula se han vuelto indispensables para la actividad docente. Y por qué no pesar también en que algunas empresas o fundaciones además ofrezcan buenos precios o condiciones de crédito especiales para docentes. La CFE podría ofrecer la condonación parcial de la cuenta de luz de los meses de marzo a junio o al menos modificar por esta temporada sus tarifas escalonadas. Las compañías proveedoras del servicio de internet, también podrían hacer su parte. Que Google les haya ofrecido cuentas gratuitas con todas las facilidades para el uso de sus aplicaciones y capacitación gratuita es un gran paso, pero parece ser insuficiente si no se propicia también que los docentes tengan las condiciones para aprovecharlos.

Sergio Dávila Espinosa

29 de junio de 2020

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