INNtenseando: Back to the books

Sergio Dávila Espinosa

Intensas discusiones se dan en las redes sociales respecto a la insatisfacción por parte de madres y padres de familia, maestras y maestros por el caótico arranque de la segunda temporada de “Aprende en Casa” que inició el pasado lunes 24 de agosto.

Aunque hubo tiempo suficiente para hacerlo, los programas no están listos aún y por mientras se refritean los de la primera temporada, pero ante un mayor público, al que se llegó por el camino de la igualdad de medios y no de la equidad o la diversidad. Bochornosos errores han salido a la luz, como los cometidos en algunas operaciones matemáticas que se pretenden enseñar o el decir a los niños que la primavera empieza el 21 de septiembre, lo cual es cierto en el cono sur, pero no en México.

Si con la elección de la televisión como medio generalizado de transmisión de clases se pretendió disminuir los reclamos sociales por los niños que no disponen de computadora o internet, éstos tampoco se atajaron del todo ya que ahora se sigue hablando de insensibilidad al recordar que hay hogares en nuestro país que tampoco cuentan con este recurso o que carecen de energía eléctrica. Los medios de comunicación han hecho acopio y difusión de conmovedores testimonios fotográficos de esos diversos Méxicos.

Hay sin embargo un recurso de tecnología blanda, esa que no requiere ni siquiera de luz eléctrica pues bien puede funcionar con luz solar, cuyos orígenes se remontan a mediados del siglo XV y que durante la segunda mitad del siglo XX se democratizaron al grado de penetrar todas las barreras sociales, económicas y culturales. Me refiero desde luego al libro, ese dispositivo rústico o vintage que ha permitido el acopio, salvaguarda y difusión de conocimiento, pero también de sueños, emociones y aventuras durante los últimos siglos.

La lectura tiene un poder emancipador y de desarrollo cognitivo que no puede ser igualado por ninguno de los recursos tecnológicos modernos. Hay además un encanto especial en la relación que se establece entre el lector y el libro, una especie de cita a la que se le confiere atención y fidelidad. Claro está que se requiere de cierta disciplina para entrar en este fascinante mundo, obviamente primero hay que aprender a leer, pero después simplemente hay que habituarse a hacerlo. Lo cual no es lo mismo. El que aprende a mover las piezas del tablero de ajedrez, no puede presumir de saberlo jugar si no ha dedicado tiempo a jugarlo numerosas veces.

Las maestras o maestros nos enseñan a leer, pero el hábito de la lectura no es algo que podamos exigirles. Éste se puede desarrollar en casa cuando los niños crecen en ambientes en los que los libros son protagonistas. Está demostrado que los padres y madres de familia que leen un cuento a sus hijos antes de dormir no sólo contribuyen al desarrollo del lenguaje y enriquecimiento de vocabulario, sino también al pensamiento creativo y les brindan a sus hijos un soporte socioemocional que ningún programa de televisión ni aplicación tecnológica puede darles sin la mediación de un adulto. Después, cuando el niño empieza a leer por sí solo, hay que realizar la rutina inversa, pedirle que sea él el que nos lea un cuento antes de dormir.

Pero después es importante formar con el ejemplo. Todos nosotros sabemos la influencia que tuvieron nuestros padres en el moldeo inconsciente de nuestros hábitos y gustos. Así muchos son taurinos porque disfrutaron ver los toros con su padre, o cuando menos como en mi caso, escuchar las narraciones de Paco Malgesto en la W. Y nos gustan las canciones que escuchamos cantar a nuestra madre o el campismo si los llevaban a acampar de vez en cuando. En muchas familias cuando los niños crecen, dejan de tener contacto con los libros. Los niños no ven nunca leer a sus padres, tampoco reciben libros como regalo, de no ser aquellos que sean obligado por la escuela. Los momentos de recreación familiar se dan en torno a las series de Netlfix o en el asilamiento compartido de las pantallas de sus smartphones.

¡Pero los libros son caros!, seguro argumentarán algunos. Esto es parcialmente cierto y consecuencia de las reglas de la oferta y la demanda en nuestro país. Sin embargo, muchos de ellos se pueden conseguir por menos de lo que cuesta un six de cerveza, una entrada al cine o el gasto semanal en refrescos y frituras. Y claro, también están los numerosos libros gratuitos disponibles en la red o los que esperan aburridos en los estantes de las bibliotecas públicas a que alguien los saque a bailar. Es tiempo de preguntarnos ¿cuándo fue la última vez que le regalamos un libro a nuestros hijos o que visitamos juntos una librería?

Quizás el ejemplo más impresionante que conozco del poder emancipador de la lectura es el increíble relato autobiográfico de Tara Westover en su libro “Una Educación” quien creció totalmente sometida a las normas que su padre, ferviente religioso y bipolar, dictó sobre toda la familia. Entre ellas, no registrar a sus hijos, no asistir a la escuela, y en caso de enfermedad, jamás recurrir a un médico.

A pesar de ello, o quizás como consecuencia, Tara logra atravesar el charco, en más de un sentido, y doctorarse en Cambridge. Sin asistir a la escuela aprende a leer y devora todos los libros que hay en casa y los que fue capaz de conseguir intuyendo que la educación será su salvación. Un libro que mueve a la reflexión sobre la influencia de los padres sobre los hijos, la potencia liberadora de la lectura, la educación y los múltiples matices de la condición humana.

No todo está perdido. En cada hogar siempre hay algunos libros: nuevos, viejos, regalados, de texto, novelas abandonadas y hasta enciclopedias que pueden escudriñarse para remontar el aburrimiento. El confinamiento puede ser una oportunidad maravillosa para desarrollar el hábito de la lectura, no sólo en nuestros hijos sino en nosotros mismos.

Como afirma Joaquín Sabina: “Los libros acaban con la soledad. Hace muchísimos años que yo no estoy solo desde que aprendí a leer. No hay mejor remedio para el confinamiento que tener un libro y vivir tantas vidas aventureras, extrañas y ajenas. Si puede uno viajar por tantos países sin salir de su casa. A los que estéis confinados y no tengáis un libro a la mano, os recomiendo y me lo vais a agradecer, que lo consigáis y ya no estaréis nunca más solos y confinados”.

Sergio Dávila Espinosa

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