INNtenseando: Réquiem coral por Apolo

“¿Qué vale más, inquietud de mi existencia
cuando llegue el momento y quede inerte,
si el arte por fijar mi trascendencia,
o el eterno misterio de la muerte?”
(Alberto Cortez)

La pandemia de COVID-19 ha cobrado ya la vida de más de 75,000 mexicanos. Los números dejaron de ser significativos, nos hemos insensibilizado a reflexionar sobre su magnitud. Con ellos podríamos llenar ocho veces las butacas del Auditorio Nacional o casi llenaríamos el Estadio Azteca. Pensar en ello conlleva un segundo riesgo: olvidar que detrás de cada uno de ellos existe una historia de vida, de amor, de esperanza y de realización truncada por los efectos de una enfermedad que no ha cumplido ni siquiera un año y que es provocada por un virus que mide 50 nanómetros. Pareciera que jugamos todos una gran ruleta rusa donde a pesar de las acciones de prevención o de los esfuerzos y atenciones del personal de salud, uno a uno tomáramos nuestro turno en espera de un caprichoso desenlace.

Quiero referirme a una de esas historias. La de un hombre bueno. La de un maestro de bachillerato. Un maestro de literatura. Amante como lo era de montar poesías corales con cientos de sus alumnos para presentarlas en los actos cívicos, tomaré prestadas las voces de algunos de sus exalumnos, compañeros o amigos, para rendirle desde esta columna un sencillo homenaje.

Conocí a Álvaro Rivas Pérez en 1994 cuando quien esto escribe trabajaba como Coordinador Académico de la preparatoria del Colegio Champagnat (hoy Instituto Potosino). Estábamos en el proceso de incorporación a la Dirección General de Bachillerato migrando de un plan de estudios de dos años (incorporado a la UASLP) a otro de tres. Por ello hicimos una convocatoria para contratar a varios maestros nuevos. Ahí me tocó entrevistarlo por primera vez. Venía de la CDMX con un excelente currículum para la enseñanza de literatura.

Álvaro era un hombre apasionado del barrio de donde era originario, Xochimilco y cada vez que tenía oportunidad platicaba del Niñopan, “el Niño peregrino de los barrios”, hablaba con orgullo del papel de los mayordomos que se hacen cargo año con año con una lista de espera de más de 40 años. Yo no lo conocí hasta que él me platicó del niño. (Adriana Lobo)

Paradójicamente en lo pedagógico siempre discutía y se oponía a las ideas novedosas de la época. El constructivismo y más adelante la enseñanza basada en competencias le provocaba urticaria, sobre todo por la alegre acogida carente de sentido crítico de muchos colegas y la falta de sustento conceptual de quienes las pregonaban sin haber pisado un salón de clase. En lo privado siempre se ufanó de ser conductista y tradicionalista. Sin embargo, y muy en contra de su propia autopercepción, fue uno de los profesores más innovadores que he conocido en mi vida.

Polémico, creo que disfruta el serlo porque es amante de la discusión y la confrontación de ideas. Y eso mismo es en su trato personal; mientras como alumno algunos lo describen como “duro” y gritón en sus clases de literatura, como compañero de trabajo me mostró en los amaneceres del salón de maestros con una taza de café, que es un ser ávido de compartir el conocimiento y sobre todo de buscar la vivencia del mismo, entiendes que: no es que sea “duro” en el salón de clase, sino que busca elevar el nivel de exigencia para estar a la altura de los retos y discusiones que puedan venir más adelante en el mundo real fuera de la burbuja llamada escuela. (Juan Manuel Hernández)

Nunca se conformó con seguir a pie juntillas un programa de estudios sin cuestionarlo y buscar la forma en que éste podría impactar en la vida de los estudiantes. Así que en tiempos donde algunos creíamos estar a la vanguardia experimentando con el diseño de actividades de aprendizaje colaborativo, método de caso y proyectos de evaluación diversificada, él simplemente transformaba la clase de literatura en una experiencia de montaje teatral que llevaba a los alumnos a comprender los textos, vivirlos con pasión y enfrentarse no sólo al público, sino al sentido profundo de la metacognición a través de la introspección y al trabajo en equipo, ausente de rúbricas, pero cargado de sentido transformador.

Recuerdo mucho las obras de teatro que nos ponía, no era mi fuerte, pero supo impulsarme y lograr vencer ese miedo, así como el gusto por la lectura. ¡Siempre apasionado, estricto pero amable!! (Laura Cedillo)

Álvaro me dio la oportunidad de llevar el rol protagónico en la obra de teatro Don Juan Tenorio, todo un reto y un honor, fue todo un éxito gracias a la excelente dirección de nuestro querido titular. Aquel salón 53 brilló por el compañerismo y la unión que todos nos teníamos. Ese recuerdo se queda en mi corazón. (Gonzalo Maeda)

Era un guión difícil, y yo jamás había actuado. Me dijo que, si no era Inés, entones iba a ser la abadesa. Me obligó. No me dio la opción de ser de escenografía o utilería. Recuerdo que me molesté, pero al final rompí mi miedo escénico y es un recuerdo padrísimo que tengo con todos mis compañeros y mi profesor de quinto año. Tanto que me he mudado de casa varias veces y siempre llevo a mi nuevo estudio el libreto de “Don Juan Tenorio” (Adriana Luna)


Fotografía de Adriana Luna.

No sólo era el teatro. En la clase de Taller de Lectura y Redacción, en lugar de ponerlos a memorizar insufribles listas de autores, o estériles características de las obras poéticas, les pedía escribir poesía a partir de sus sentimientos y leerla ante sus compañeros. Alguna vez lo sorprendí en el salón de usos múltiples enseñando a bailar danzón en parejas a todo un grupo de casi 50 alumnos. Garantizaba el respeto del grupo cuando alguien mostraba su trabajo. No hablaba de feminismo, pero nunca permitió a una alumna apocarse ni tampoco a los compañeros una sola falta de respeto hacia sus compañeras.

¡¡Él fue uno de los profesores que te preparaba para la vida!! No era el mejor vestido, ni el más educado, pero aprendías porque aprendías… ¡¡¡Eso sí, sabía de todos los temas!!! Era de los profesores que te aventaba el gis, la libreta o lo que tuviera a la mano si estabas hablando o dormido en su clase, y ni de chiste te sentías ofendido, es más, hasta le agradecías eso, y no mandarte a la dirección. Eso sí, no le faltaras al respeto a una niña, ¡¡porque así te iba!! Era de los pocos profesores en los que podías confiar y contarle alguna “injusticia” e iba y te apoyaba con otros profesores o alumnos. (Rikiel Aguilasocho)

Fuente: https://www.facebook.com/chikys.guzman/posts/10164856067315455

Fue corresponsable de transformar la vida cultural del colegio cuando en la academia de profesores de español propuso una muestra de altares de muertos que trascendiera el sencillo rincón que ocupaban dentro de algunos salones de clases, hasta dividir todo el patio y montar un concurso en el que participaban todos los grupos del colegio y que además fuera visitado al atardecer por los padres de familia. Recuerdo haber intercedido a favor del proyecto ante las naturales reticencias de los directivos en turno.

Con una organización obsesiva y hasta cierto punto protagónica, se repartían los temas para dedicar los altares: primero fueron escritores mexicanos, compositores, etc. Altares dedicados a Octavio Paz, Cri-Cri, Cantinflas, etc. Y después también se incluyeron Hermanos Maristas, maestros del Potosino y los personajes famosos que hubieran muerto recientemente. En la justa se implicaban los alumnos de cada grupo buscando armonizar los elementos tradicionales del altar con la innovación y puntadas propias de la juventud hasta el grado de empezar a representar de manera viviente al personaje difunto. Con el paso de los años esta exposición se volvió una verdadera verbena cultural donde también hubo venta de antojitos y música. Y sí, algunos otros colegios adoptaron la idea y la han replicado por 25 años.

En tiempos donde no existía el programa Construye-T, ni los proyectos que propiciaran el desarrollo de habilidades socioemocionales, Álvaro supo cuidar del compañerismo del grupo, propiciando la convivencia sana y abierta entre sus alumnos, al acompañarlos en todas sus actividades, incluso en las deportivas de las que no era para nada practicante, pero que aprovechaba como valiosas oportunidades para cultivar el esfuerzo y sentido grupal.

En ese año se hacían fiestas cada cierto tiempo (no recuerdo el motivo), pero cada grupo se esforzaba por que su fiesta fuera la mejor. Álvaro tenía sus reglas: cero alcohol y cero gente de otros salones, y a cierta hora se acababa. Recuerdo que todos reclamábamos “¿cómo cero alcohol?” “¿Cómo que no podemos invitar a amigos o novi@s de otros salones?”, y “¿cómo se va a acabar a las 12?  Pues gracias a eso, la convivencia era sana, y fortaleció el grupo, nos unió y hasta la fecha creo que eran de las mejores fiestas de las que me acuerdo. (Adriana Luna)

Me gustaría recordar la fraternidad y el sentido de protección exigente que tenía con compañeros y alumnos: siempre destacaba los talentos de todos, los incluía en donde cabían, los empujaba a seguir sus sueños artísticos (conozco más de dos que siguen en el medio y que el primer escenario que pisaron fue porque Álvaro confío en ellos) pero era claro en que no era gratis, y que el esfuerzo era necesario… Y luego los soltaba, y a veces los recibíamos en revista musical y se hacían protagonistas… Una vez en una presentación de revista escuché que le decía a alguien que había logrado un buen papel y que había actuado con él: “aguas, que la fama no es un fin, es un precio”. Y se deslizó por la penumbra del pasillo del teatro con su walkie talkie a organizar la entrada de la gente a la sala. (Marco Ruiz)

No sé si sus alumnos recuerden las corrientes literarias, o la estructura de un soneto, pero estoy seguro de que ninguno, ni uno solo de los que pasaron por sus aulas, permaneció indemne después de compartir el aula y un poco de la vida con él.

Sin el apoyo de Álvaro, uno no estaría donde está. Me refiero a dar clases en un centro educativo especializado en arte. Podemos rastrear la huella que dejó en mí desde entonces. (Antonio Loría)

De cine, de historia, de griegos, de toros, de fútbol, de vino, de mujeres, de la vida… de todo había plática con él. De verdad era una gozadera “perder” los 10 minutos de receso y pasarlos hablando con él, retarlo en un tema y ver cómo defendía sus argumentos. Era genial, y hoy en día, ¡¡¡yo que me dedico a las ventas… el saber y tener argumentos uuufff lo es todo!!! (Rikiel Aguilasocho)

Dejó una huella en mi corazón, con su peculiar forma de ser. De verdad me impacto la noticia, ¡¡¡muchísimo!!! Esas muertes que se sienten así, sólo las personas que tocan tu corazón, lograr resonar en los que nos quedamos. Hasta pronto Álvaro. ¡¡¡Gracias por mucho!!! (Ana Cecilia Pérez)

Sergio Dávila Espinosa

28 de septiembre de 2020

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