INNtenseando: TODO TIEMPO PASADO…

Por: Sergio Dávila Espinosa

Esta semana recordé que hace muchos años, cuando estaba por terminar la escuela primaria, como a todo preadolescente me atraía coleccionar cosas. Y fue en ese entonces que decidí que quería convertirme en filatelista. Habrá que precisar para los lectores más jóvenes, que los filatelistas son los coleccionistas de timbres o sellos postales, y que éstos son comprobantes del prepago que se hacía por el envío de una carta. Tenían forma rectangular o cuadrada, eran engomados para adherirlos al sobre en el que se enviaría la carta, y eran cancelados por los empleados postales por medio de un sello de tinta. Aún existen, igual que el correo postal, aunque la mayor parte de nosotros ya no los usemos.

Mi primera fuente para iniciar mi colección fueron mis tías, que tenían ya resguardadas algunas series de sellos postales antiguos. Una de ellas tenía verdaderos tesoros antiguos, ilustrados con piezas del museo de antropología y una serie conmemorativa de las olimpiadas del 68 en nuestro país. La otra, tenía timbres de varios países del mundo, que había coleccionado en sus viajes. Ambas me abastecieron de mis primeros ejemplares.

Mi segunda necesidad fue contar con un soporte para conservar mi nueva colección. A escondidas de mis padres y acompañado de un vecino, nos lanzamos a la aventura de caminar por la ciudad de México hasta llegar a una tienda que vendía el preciado álbum para coleccionar estampillas y unas pestañas engomadas que permitían adherirlas sin maltratarlas. Empecé a visitar frecuentemente el palacio de correos para comprar las nuevas series, así como algunas tiendas de la capital especializadas en artículos para filatelistas y sellos varios.

No sé bien cómo fue, esta parte escapa a mi memoria, o más bien nunca lo supe, pero un buen día una de mis tías me dio un papel con el nombre y dirección de dos hermanos que vivían en alguna ciudad de Brasil, que ahora tampoco recuerdo. Me dijo que ellos también eran filatelistas y que podíamos intercambiar sellos de ambos países. De pronto se abrió ante mí, por primera vez, la puerta de la internacionalización. Les escribí una carta presentándome, contando mi gusto por mi nueva afición y me aseguré de añadir dentro del sobre para correo aéreo, varios sellos mexicanos que pensé que por sus diseños podrían ser de su agrado.

Aproximadamente dos meses después, llegó a mis manos la respuesta. ¡Qué emoción! Sólo mirar el sobre con su remitente situado en Brasil, así como la estampilla cancelada que portaba en su esquina superior derecha, bañaron de dopamina mi cerebro, aunque claro, entonces no tenía ni idea de qué era eso. Abrí con cuidado el sobre y saqué de su interior varios sellos brasileños y una carta escrita en portugués, en la que los hermanos agradecían el intercambio y lo correspondían. Recuerdo que la emoción me permitió entender esas líneas sin ayuda de ningún traductor o diccionario que de todas formas no hubiera podido conseguir. El intercambio continuó por un par de años, siempre esperando entre una carta y su respuesta dos o tres meses.

Más de cuarenta años después, hoy todos los días me comunico por correo electrónico, no con filatelistas, pero sí con colegas maestros de todas las zonas del estado de San Luis Potosí. Una vez a la semana me reúno con educadores de otros países por medio de la plataforma Zoom; y hace un par de días incluso tuve la osadía de hacerle una pregunta en vivo al escritor Jorge Larrosa durante una clase que dictó desde España. Los medios de comunicación nos permiten hacer esto y muchas cosas más, y ya no nos sorprende.

Sin embargo, hay algo que no ha cambiado. La ilusión de los adolescentes por conocer personas de su edad es la misma que tuvimos nosotros a su edad. Necesitan oportunidades para compartir con otros sus pasatiempos, alegrías e inquietudes. Si bien es ingenuo pensar que se han mantenido confinados celosamente dentro de sus casas como sugieren las autoridades sanitarias, lo cierto es que al permanecer cerradas las escuelas no tienen las oportunidades de intercambio que éstas les brindan cotidianamente. No pueden ilusionarse por conocer al alumno nuevo que llega de otra ciudad, ni pueden convivir con los miembros de un equipo asignado por el maestro entre los que se encuentran chicos o chicas a los que poco conocían.

Y es por esto, que junto con mis colegas de los que les hablé antes, nos propusimos organizar un Conversatorio Internacional con chicos de escuelas de Argentina, Chile y México para platicar por medio de la plataforma Zoom sobre sus experiencias en estos tiempos de pandemia. La expectación de los adolescentes por conocer a otros chicos de otros países fue evidente. Su nerviosismo inicial para presentarse, o para plantear alguna pregunta me transportaron a ese momento en el que años atrás yo sostenía en mis manos un sobre que contenía una experiencia internacional.

Iniciaron hablando de cómo eran sus escuelas, y cómo había sido su experiencia al tomar clases a distancia. A la pregunta de qué le cambiarían a su escuela, tal vez por la añoranza o por no tener todavía confianza al estar presentes algunos maestros, unánimemente contestaron que nada. Alguno de los chicos mexicanos rompió esa inercia cuando preguntó a bocajarro a los chicos argentinos si era mejor jugador Messi o Maradona. Y alguno de los chicos chilenos reviró preguntando si realmente Jelty es el mejor jugador mexicano de Fortnite.

Poco a poco, las preguntas cambiaron de tono, y las respuestas también. Alguien preguntó qué era lo que más extrañaban de la escuela:

  • Lo que más extraño del colegio son las veces que me reía tanto con mis compañeros o con los profesores. Dar los abrazos que nos dábamos siempre. (Evelyn de Argentina)
  • También yo extraño mucho del contacto físico. Platicar con mis amigas, abrazarlas o también estar siempre como con el micrófono prendido. (Lucía de México)

Y más adelante reflexiones cargadas de emotividad:

  • Ahora mi papito está aquí en casa y puedo tenerlo y abrazarlo y darle mi cariño. (Rodolfo, Chile)
  • Con la pandemia empecé a apreciar un poco más la vida… eran gente de bien, gente que todavía no tenía que morir. (Pablo, Chile)

Las tecnologías hoy ya no sorprenden a los estudiantes en cuanto a las posibilidades de comunicación, pero somos nosotros, los educadores, los adultos; quienes podemos acercarles de manera segura y organizada estas experiencias que les permitan conocer e interactuar con otras personas y culturas, abriendo un panorama de posibilidades formativas a partir del intercambio. Por mi parte, guardo la nostalgia en un cajón. En el mismo donde quedan los recuerdos de un tiempo en que se coleccionaban los timbres postales, tenía sentido desarrollar el sentido de la espera y afirmar con talante autosuficiente, que todo tiempo pasado fue mejor.

1 comentario

  1. Sergio , te agradezco enormemente el artículo y los que somos de esa generación de la espera paciente por muchas cosas y por esas cartas con “estampillas” como les decimos acá en Chile , nos hemos sentido identificados con todo lo que escribes , en lo particular siempre he tenido una gran afición por coleccionar de todo , lo que más me hace reír fue una colección de cajetillas de cigarrillo , la que no llegó a término pues me las fumé poco a poco ! Soy parte de ese grupo de profesores que organizamos este conversatorio de la infancia y para jóvenes y creo que hemos sembrado una inquietud en muchos estudiantes que han podido acercarse y compartir estos tiempos tan inmediatos , tan rápidos y tan demandantes. La carta ya está enviada , ahora a esperar la respuesta !!!

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