INNtenseando:¿REGRESO O PROGRESO?

Sergio Dávila Espinosa

Como cada mañana la cafetera exhaló el aroma de un buen café xilitlense. Y como cada mañana, me sentí afortunado de poderlo disfrutar, sabedor de que uno de los síntomas más comunes de COVID-19 es la pérdida del olfato y el gusto. Me serví una taza que coloqué al lado de mi computadora. También como cada mañana, inicié mi jornada echando un vistazo a la sección de recuerdos de mi página de Facebook. En ella encuentro entre sorbos de café, las vivencias de años anteriores en los que, a diferencia de ahora, compartía fotografías con mis amigos a los que no he vuelto a ver en persona, de los eventos de mi trabajo que ahora se mantienen suspendidos o de los platillos de restaurantes que no he vuelto a visitar. Los recuerdos son vivencias alternativas. Ahora la nostalgia se vuelve promesa de futuro. Como cada mañana busqué alguna foto de antaño para compartir junto a la etiqueta #CuandoPaseTodoEsto.

De pronto, me llamaron la atención dos publicaciones del año pasado, en una aparezco con un grupo de colegas al terminar una reunión de trabajo. En otra, hay un meme que tiene como protagonista a un murciélago con una mala broma sobre las consecuencias de no haberlo hervido bien para hacer una sopa. Sentí un escalofrío. Regresé mi atención a la foto del grupo de trabajo. Ahí estábamos, satisfechos, y sonrientes. Incapaces de advertir lo que nos esperaba. Entonces observo que una de las personas que aparece junto a mí, falleció hace algunos meses víctima de COVID-19.

Pasado un rato de mirar ambas fotografías, me sentí incómodo. En mi mente se agolparon las preguntas ¿cómo explicar que, si ya sabíamos de la existencia del virus y de su acelerado avance, no nos preparamos mejor para lo que vendría?, ¿Por qué nos quedamos inermes en el sistema educativo nacional a la espera de su llegada? Recordé las primeras declaraciones del Sr. López-Gatell (ya advertí anteriormente que no me referiré a él nunca más como doctor) justo en enero de 2020, “no se trata de si el virus va a llegar a México, sino de cuándo, les garantizo que lo hará”. Los docentes y directivos ignoramos las señales de alerta para poner manos a la obra y prever las acciones a desarrollar cuando inevitablemente llegara el momento de cerrar las escuelas. Tampoco las autoridades vislumbraron que hubiéramos tenido al menos dos meses para preparar infraestructura, programas, materiales, protocolos y capacitación oportuna. No se trataba de pensar si íbamos a cerrar las escuelas, sino de cuándo.

Dicen que el hubiera no existe. Y hoy más que reclamar la inacción, quiero explicarme mi propia ceguera para advertir esta contingencia. Las crisis son por definición eventos que irrumpen en nuestras vidas y amenazan nuestro futuro, a menos que hagamos algo al respecto. Pero pienso que hay dos tipos de crisis, por un lado, están las que emergen abruptamente desinstalando de golpe, nuestra forma de vida. Es cuando se pierde de pronto y de un día a otro el trabajo, la salud o a un ser querido. Pero hay otras crisis, esas de baja intensidad que se meten silenciosas y poco a poco en nuestras vidas. Como con algunas enfermedades que esconden sus síntomas, y que cuando por fin las diagnosticamos es ya demasiado tarde.  

¿Qué tipo de crisis es entonces la que provocó el COVID-19 en nuestro sistema educativo? En mi opinión, se trata de una combinación de ambas. Y mi reflexión sobre mis recuerdos de publicaciones de hace un año en mi sección de recuerdos de Facebook, lo confirma. Tuvimos ceguera de futuro, pero también de presente. No advertimos el cierre de las escuelas, pero tampoco quisimos ver otras deficiencias de nuestra práctica cotidiana. Los docentes en pleno siglo XXI seguíamos trabajando como en el XX, con los mismos métodos, con el mismo desdén a la tecnología y preparando a nuestros alumnos como si fueran a afrontar un mundo congelado en las características de la década de los ochenta. Qué irónico resulta que un virus invisible fue quien nos quitó de los ojos, la venda que no nos permitía ver que estábamos preparando para el pasado.

Ante esta realidad donde conviven dos crisis, se precisa una discusión a fondo sobre el regreso escolar a la presencialidad. Una discusión que no sólo retome los protocolos aplicables en los casos que el color del semáforo epidemiológico sea amarillo o verde. Una discusión que no sólo implique reconocer como indispensables el agua corriente, el jabón y la conectividad. Nos urge a todos regresar a la presencialidad, pero no a la misma de hace un año. No deberíamos plantearnos ya el regreso, sino el progreso de la educación presencial. Se dice que la pandemia de COVID-19 apenas está empezando, que tenemos que aprender a convivir con el virus, luego es tiempo de adaptar nuestras estrategias de comunicación y metodologías antes de que suframos una nueva y profunda crisis social, económica y educativa.

En esto pensaba cuando después de revisar los recuerdos, mi muro me mostró una noticia en la que se mostraba la primera declaración pública de la Mtra. Delfina Gómez, nombrada próxima Secretaria de Educación Pública en la XXII Reunión Extraordinaria del CONAEDU: “Por ello, yo lo que les quiero decir es que al llegar aquí a la Secretaría de Educación no vengo a cambiar nada, porque finalmente ustedes (las autoridades educativas) tienen ya una situación muy sustentada”.

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