INNtenseando: El derecho a la empatía

Por: Sergio Dávila Espinosa

Como sucede con otras crisis, la pandemia ha sido el marco en el que aflora lo mejor y lo peor del comportamiento humano. Además, el escaparate panóptico en que se han convertido las redes sociales, continuamente nos presentan ejemplos de ello que, de manera efímera, pasan de provocar el asombro al entretenimiento social. Apenas queda tiempo para pensar en alguno de éstos cuando surge otra noticia, un video, tal vez un tweet u otra fotografía que lo reemplaza y lo relega.

Esta vez quiero detenerme en ello, quiero recuperar mi capacidad no sólo de asombro, ni de indignación. Quiero reflexionar sobre dos casos de los que esta semana fuimos testigos y que ahora corren el peligro de quedarse en estériles publicaciones abandonadas en el timeline de nuestras redes sociales.  

El primero es el caso de un video que se hizo viral en el que se observa una escena indignante: La policía intenta detener una fiesta organizada en la CDMX y un hombre con lujo de prepotencia además de amenazar a los policías, los intenta golpear sin éxito y ante su falta de pericia pugilística, acentuada por el alcohol, les espeta una frase lapidaria elegida certeramente para lastimar y humillar a uno de los uniformados: “mis zapatos valen más que tu coche”.

El segundo, es una entrevista a una humilde señora que lleva horas formada para llenar un tanque de oxígeno que requiere para llevar un aliento de esperanza a un familiar enfermo de COVID-19. La señora relata con una resignación asombrosa, la forma en que fue defraudada en dos ocasiones consecutivas por supuestos distribuidores de tanques de oxígeno que ofrecen sus servicios en redes sociales. El primero le pidió un depósito electrónico por la mitad del costo del tanque que le entregaría en su domicilio. Nunca llegó. Con el segundo sucedió lo mismo. “Afortunadamente como era un tanque más pequeño, fue menos dinero” relató con asombrosa entereza.

Ambos casos se me quedaron en la cabeza, y debo reconocer sin falso pudor que también en el corazón. Me carcomieron. Pasé del asombro, al enojo, indignación, impotencia y finalmente a la compasión. Y me pregunto ¿qué puede haber en el corazón de una persona que actúa así? Todos nos hemos enojado alguna vez, pero nuestra corteza prefrontal nos ayuda a inhibir el impulso de agredir y buscamos dar una respuesta equilibrada que corresponda a las circunstancias. Esto es lo que nos hace plenamente humanos y nos distingue de animales o primates. ¿Y qué decir del corazón de quien se permite estafar a otro en tiempos de desesperación, sabiendo que este acto puede ocasionar la muerte de un ser humano al robar no sólo el recurso económico sino el tiempo vital para la atención en una emergencia?

Y pienso que ambos casos reflejan un problema de falta de empatía. Y la falta de empatía es un problema educativo que está afectando a la sociedad. Empatía es saber que uno no es el centro del universo y ser capaz de entender lo que el otro piensa y siente. Pero el ser humano tiene que aprender a ser empático, y esto amable lector, se enseña en casa, pero también en la escuela y en la sociedad.

¿Qué ejemplos familiares habrán tenido los protagonistas de los escándalos a los que me referí al inicio de esta columna? Probablemente #LordZapatos fue educado en un ambiente no sólo de privilegios, sino bajo la convicción de que la valía de otros seres humanos depende de su utilidad y ésta se puede comprar. ¿Y los defraudadores? Quizás crecieron en un ambiente donde la propia necesidad justifica aprovecharse de los demás sin el menor remordimiento de conciencia. Donde los robos en edad temprana se ven como travesuras y se es testigo de trampas cotidianas. “Una de cal por las que van de arena”

Al reflexionar en cómo y dónde se desarrolla la capacidad empática, recordé un episodio de mi adolescencia. Tengo presente con claridad el momento en que una tarde de domingo en que salíamos en familia a comer a un restaurante, un mesero se acercó a tomarnos la orden. Cuando le tocó el turno a mi hermano, tres años mayor que yo, quien para entonces estudiaba en una prestigiosa preparatoria particular, le dijo al mesero “a mí tráeme unas enchiladas verdes y una coca-cola por favor”. Al retirarse el mesero que era un hombre de mediana edad, mi papá estaba furioso y le recriminó a mi hermano el haber tuteado al mesero. “¡¿En qué mente cabe hablarle así a un hombre que está trabajando?! ¡Qué falta de respeto y de sensibilidad! ¿Te crees superior a él porque estás estudiando en esa escuela?, ¿Crees que a él no le hubiera gustado tener las oportunidades que tú tienes?” Mi hermano intentó explicarle que no consideraba una falta de respeto hablarle a la gente de tú, pero no tuvo éxito. Recordé también otras frases y acciones que nos ayudaron a entender desde chicos que no éramos el centro del universo: “no hay derecho a molestar”, me decía por ejemplo cuando subía el volumen de la música, ante la posibilidad de que los vecinos la escucharan. Pienso en ello cuando mis vecinos me recetan horribles sesiones de Karaoke que se prolongan hasta altas horas de la madrugada o cuando alguno de sus perros ladra sin pausa todo el día o cuando se estacionan en mi cochera “sólo por un ratito”.

Y claro, no sólo en la casa formamos nuestros valores. También aprendí en la escuela valiosos testimonios de solidaridad de mis maestros. Entender que en el servir y compartir se encuentra la alegría, son lecciones que aprendí en movimientos juveniles con el testimonio de maestros y compañeros que hoy siguen siendo sensibles a los problemas sociales.

Y no, no fueron las lecciones de civismo. De hecho, de esa clase tengo sólo el recuerdo de la memorización temporal de diversos artículos de la constitución que había que repetir en exámenes orales quincenales. Los valores no se aprenden en cartillas, ni en libros que son contradichos por los hechos.  

Por eso me preocupa ver que numerosos niños y jóvenes de las nuevas generaciones ya no reciben estas lecciones. Ya no son formados en la empatía a través del servicio social, mucho menos en la compasión. Muchos de ellos son hijos de padres que a su vez fueron educados en casa y en la escuela para competir antes que a colaborar; a exigir antes que a merecer; a arrebatar antes que a obtener.

No hay derecho a herir a las personas, ni siquiera con palabras. No hay derecho a presumir lo que cuestan tus zapatos, denotando con ello tu bajo valor como persona. No hay derecho a robarle a la gente ni su dinero, ni su tiempo, ni su esperanza.

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