INNtenseando: CUPIDO CON CUBREBOCAS

Por: Sergio Dávila Espinosa

El calendario escolar está salpicado de efemérides que permiten dar variedad al cotidiano proceso de enseñanza. Las hay de todo tipo e importancia. Algunas son leídas de manera mecánica y somnolienta durante los actos cívicos de los lunes, otras son utilizadas por los profesores para encargar investigaciones y tareas, y otras más pertenecen a la élite de las que ameritan un asueto para conmemorarlas. Las hay que recuerdan acontecimientos históricos, como las fiestas patrias en septiembre; culturales, como la puesta de altares por día de muertos en noviembre; o sociales, como los festivales para celebrar el día de las madres. Pero también están aquellas que, sin tener un lugar en el plan de estudios, son las favoritas de los alumnos, como el día del niño para los pequeños o el día del amor y la amistad, para los púberes y adolescentes. En esta columna me ocuparé de esta última.

Gracias a los estudios de neurobiología del cerebro hoy sabemos que éste está prefigurado para adaptarse a las diversas etapas de la vida. En los primeros años se desarrolla de manera especial el lenguaje, el pensamiento matemático y los pequeños se sienten seguros y protegidos al lado de sus padres. Pero cuando los niños empiezan a dejar de serlo, los millones de años de evolución han programado a este órgano para liberar hormonas que provocan que los púberes se interesen en “salir de la cueva” y busquen independizarse formando una nueva tribu.

Los cambios en el cerebro adolescente provocan necesidades emocionales que ante el asombro y a veces desesperación de sus padres, lo llevan a actuar de manera diferente a como lo hacía de niño. Busca explorar su identidad y rechaza el peinado o estilo de vestir que tan bien le lucía cuando era pequeño. Es capaz de asumir peligrosos riesgos para lograr ser observado y tomado en cuenta por sus pares y desafía la autoridad de sus padres o maestros.

Pero, sobre todo, el adolescente valora la amistad. Todos los que hemos dado clase en secundaria o bachillerato sabemos que los alumnos prefieren asumir un castigo de grupo antes que ser señalados por delatar al responsable de alguna broma. El rechazo de sus pares se procesa en la misma zona cerebral que el dolor físico. Como dije anteriormente, todo esto es producto de una conspiración neuroquímica que a nivel cerebral le manda el mensaje al adolescente de que su tiempo ha llegado, que está listo para liderar una nueva tribu, buscar pareja y dejar atrás la cueva y núcleo social en el que creció.

Y mientras pasa todo esto en el cerebro de nuestros adolescentes, en medio de este intenso coctel de hormonas y emociones, nosotros pretendemos enseñarles la tabla periódica de los elementos, los nombres de los tlatoanis aztecas y los productos notables. Y sin embargo, les gusta la escuela y hoy claman por regresar a ella, porque ahí se da la interacción social y pueden de manera relativamente segura y controlada, encontrarse, mirarse y atraerse. Normalmente se identifican con los del mismo sexo para establecer alianzas tribales en las que se demuestran su audacia. Muchas de esas amistades perduran por toda la vida. Pero también descubren al sexo opuesto y empiezan a mirarlo de manera diferente que en la niñez. Un buen día, sin razones de por medio, se encuentran emocionalmente atraídos por alguno de sus compañeros o compañeras, y esa emoción ocupa el lugar preponderante en su jerarquía de intereses y pensamientos.

Por eso la celebración del día del amor y la amistad no es una fecha más en el calendario para ellos. Es la oportunidad de aprovechar la ocasión para lanzar anzuelos o misiles románticos a la presa que Cupido ha seleccionado. En algunas escuelas la celebración se extiende por una semana y entre otras actividades se promueve el intercambio de mensajes románticos, la entrega sorpresiva de chocolates o flores, la reproducción de canciones dedicadas durante los recreos. Y finalmente culminan en alguna Kermés con registro civil incluido, desfile festivo y una tardeada o noche disco.

Nada de esto vivirán nuestros adolescentes este año. El COVID-19 lo ha impedido. Y no es un asunto trivial. Nosotros y también ellos pueden entender las razones, pero las emociones son otra cosa. Los alumnos de secundaria y bachillerato requieren de estos espacios para su sano desarrollo emocional y social. Este año no podrán verse, no recibirán ni enviarán chocolates o rosas, ni bailarán en pareja baladas ni reggaetón. Es más, muchos de ellos ni siquiera podrán celebrar en una videoconferencia por Zoom, ya que, por los ajustes al calendario escolar, este año la semana de la amistad quedó atrapada en el período intersemestral.

Estamos por cumplir ya un año de la escuela de lejos. Con el esfuerzo conjunto de docentes, padres y alumnos se intenta alcanzar de la mejor manera los aprendizajes esperados en los programas, pero la interacción social se las estamos quedando a deber y no sabemos las consecuencias emocionales que esto pueda traer para quienes permanecen confinados.

Que alguien le avise a Cupido que además de una venda en los ojos, este año deberá usar cubrebocas.

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