INNtenseando: Procrastinación digital

Sergio Dávila Espinosa

Son las 8:30 de la mañana y Juan se dispone a realizar las tareas que le han asignado sus profesores. Tiene una clase sincrónica por videoconferencia a las 12:00 h con su maestra de matemáticas, por lo que pretende aprovechar el tiempo previo en realizar un mapa conceptual de una lectura que le asignó el maestro de Historia y contestar unos ejercicios del libro de inglés. Ya ha desayunado, pero se lleva una taza de chocolate a su escritorio donde coloca la laptop que en la tarde, tendrá que compartir con su hermana para que ella también realice sus tareas.

La enciende y echa un vistazo a Facebook: ¡12 notificaciones! Las explora dando preferencia a aquellas en las que se indica que lo han etiquetado. Interrumpe al darse cuenta de que no tiene música, por lo que abre Youtube para elegir alguna lista de canciones. Se da cuenta que uno de los grupos que sigue ha publicado un nuevo video, por lo que lo reproduce y se queda viéndolo brevemente para regresar ahora a checar Instagram.

Son las 9:15 a.m. Revisa el grupo de Whatsapp integrado por los compañeros de su grupo a los que les pregunta “¿Qué hay de tarea? ¿Es sólo lo de inglés y el mapa conceptual de Historia o hay algo más?” Mientras espera respuesta, revisa los estados de sus contactos en Whatsapp. Regresa al chat y encuentra que también hay una tarea de español, pero esa es para el fin de semana, por lo que decide empezar por la tarea de historia.

Abre la plataforma escolar en la que el profesor subió la lectura con la que debe trabajar y se da cuenta de que el profesor de Química ha subido ya una nueva tarea. -¡maldita sea!- La lee y comenta en el chat de Whatsapp “Oigan, el profe de química ya subió una tarea. No le entendí bien. ¿Qué tenemos que hacer?”

Son las 9:45. Regresa a la pantalla donde está la lectura de historia. Empieza a leerla, pero se da cuenta que ya no tiene chocolate. ¿Habrá más en la cocina? Se levanta dispuesto a averiguarlo. -¿Qué está viendo jefa?- Pregunta mientras sirve su taza. Su mamá le contesta el nombre de un programa matutino de revista y le pregunta si está haciendo su tarea, a lo que responde que sí, que desde hace rato. Cuando va de regreso, su mamá lo llama ofreciéndole una pieza de pan que su hermana acaba de traer. Regresa, elige una concha, la pone en un plato y se dirige nuevamente a su cuarto.

Revisa el chat en el que ya hay algunos comentarios sobre la tarea de Química y alguien que pregunta la liga para la clase de Matemáticas. Quiere continuar con la lectura, pero decide volver a empezar pues no recuerda dónde se quedó. Lee dos párrafos y lo distrae la alerta de un nuevo mensaje de Whatsapp. Es su novia, le da los buenos días y le pregunta cómo está. Busca en su colección los stickers adecuados para contestar, preguntándole si se verán por la tarde para ver una película de la que no recuerda el nombre, por la que la busca con su celular en la aplicación de Netflix.

Trata de continuar con la lectura, pero se da cuenta que ya son las 10:30. Pregunta en el grupo que si alguien ya terminó el mapa conceptual y si se lo pueden enviar para “darse una idea”. Decide hacer un remix con los que enviaron dos de sus compañeros. Ya sólo le falta la tarea de inglés, pero ¿dónde diablos dejó el libro? Se levanta del escritorio para buscarlo. Su mamá pasa por el cuarto y lo reprende por no haber tendido aún la cama. -Es que tengo mucha tarea jefa, ya estoy estresado, parece que los profes quieren que esté todo el día sentado trabajando en la computadora-.

La historia de Juan se repite y multiplica cada día de esta etapa pandémica. Aunque la procrastinación de actividades no tiene su origen en el trabajo a distancia, parece acentuarse cuando los alumnos deben usar para su trabajo escolar los mismos dispositivos que usan para comunicarse con sus pares y para distraerse.

Uno de los aprendizajes inesperados de la pandemia es la autorregulación que muchos estudiantes han desarrollado para atender a tiempo, y sin apoyo externo, sus tareas escolares, organizando su tiempo de manera eficiente. Aquellos que lo han logrado, hoy son mejores estudiantes que antes de que el virus SARS-COV2 nos obligara a trabajar a distancia. Pero es un hecho, que esto no ha sucedido en todos los casos. Algunos chicos se sienten desorientados y frustrados pues el tiempo no les alcanza, culpando a los profesores de atormentarlos con numerosas y extensas tareas.

Y es que habrá que reconocer que en la escuela prepandémica, la tradicional, la que ahora muchos añoran, hicimos poco por fomentar en nuestros alumnos hábitos efectivos de estudio. Insistimos tanto en los contenidos a enseñar, que quedamos a deber en la formación de habilidades de aprendizaje. Y no me refiero tan sólo a habilidades para buscar, analizar o sintetizar información, sino a la organización del tiempo y aprendizaje autogestivo.

¿Cómo se aprende a no procrastinar en un mundo diseñado para atraer nuestra atención hacia las pantallas de manera permanente?, ¿Tiene algún efecto sobre los estudiantes sólo reprocharles su falta de concentración?, ¿Se puede proponer una alternativa para que logren concentrarse y sean más eficientes dedicando menos tiempo a las tareas escolares?

Hace tiempo conocí una sencilla técnica que puede proponerse a los estudiantes en pequeños talleres para habilitarlos en el manejo eficiente de su tiempo: El método pomodoro. Creada por Francesco Cirillo, esta técnica debe su nombre a un temporizador de cocina que tiene dicha forma, es decir de jitomate y cuyo uso es precisamente medir un tiempo prefijado por el cocinero para la cocción de un platillo, al término del cual suena un timbre.

El autor propone que una vez elaborada y jerarquizada una lista de tareas o actividades, el alumno dedique períodos de 25 minutos de concentración absoluta seguidos de 5 minutos de descanso. Estos períodos a los que llamamos “pomodoros” se repiten cuatro o cinco veces al término de los cuales se tiene un descanso mayor. Digamos de media hora, antes de volver al trabajo.

En lugar de ignorarlas, se inicia por reconocer que existen numerosas interrupciones que atentan contra la concentración. Y aceptar que dichas interrupciones nunca terminarán por lo que, en lugar de evadirlas, debemos aprender a gestionarlas.

Existen interrupciones externas como las notificaciones en el celular y las llamadas telefónicas, y otras internas como las distracciones al pensar en lo que queremos hacer por la tarde o buscar algo que comer o beber. El tiempo de un pomodoro (25 minutos) parece bastante razonable para poder dejar a un lado y silenciado el celular, o para sacar de la mente las ganas de revisar el correo electrónico. Lograr un período de 25 minutos de concentración en el trabajo, es también motivo de satisfacción con lo que se refuerza la conducta, sobre todo si se acompaña de un pequeño estímulo.

Cuando suena la alarma del pomodoro, y nunca antes, uno puede levantarse de su asiento y descansar de la forma que prefiera, autorrecompensándose por lograr ese momento de concentración. Entonces, se pone otro temporizador de 5 minutos para el descanso y se pueden revisar las redes sociales, o poner una canción o hacer la llamada que se dejó pendiente. Trabajar así por intervalos, es una forma de administrar el tiempo de manera efectiva. Se es mucho más productivo en cuatro pomodoros, que en toda una mañana de estar sentados procrastinando actividades sometido a todo tipo de distracciones.

Por supuesto que el método requiere de un período de adaptación y de ciertos ejercicios, pero es sumamente sencillo de aprender y potente para desarrollar la concentración. Aunque puede utilizarse cualquier temporizador, el autor recomienda uno que como el de cocina, tenga un suave tic tac que permite asociar el tiempo al trabajo y un timbre o alarma al terminar el período designado para trabajar. El acto de dar cuerda a un temporizador es también signo de la decisión de iniciar el trabajo en una actividad concreta. Con ello los estudiantes aprenden a respetar los horarios de trabajo y de descanso, desarrollando sus habilidades de autorregulación.

Los alumnos pueden también proponerse dedicar pomodoros a un libro elegido libremente para desarrollar el hábito de la lectura. Con el tiempo notará que con un solo pomodoro que dedique al día, podrá lograr el objetivo de leer un libro al mes.

El método pomodoro también tiene fuertes conexiones con las neurociencias que nos explican que los períodos de atención focalizada no pueden extenderse por demasiado tiempo y que deben alternarse con períodos de descanso pues en ellos se fomenta la creatividad.

Así que la próxima vez que su hijo le diga que no puede con tanta tarea que le asignan sus maestros, será tiempo de buscar ese viejo pomodoro para que cambie de dueño, de función y de lugar en la casa.

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