INNtenseando: Entre la crisis y el caos

Por: Sergio Dávila Espinosa

La semana pasada terminó oficialmente el ciclo escolar en las escuelas de educación básica en México. Poco antes lo hicieron también los alumnos de la media superior. La indicación de las autoridades fue en casi todos los estados, aun aquellos iluminados de verde en el mapa nacional del semáforo epidemiológico, no realizar ninguna ceremonia de graduación para evitar concentraciones de personas y así prevenir contagios de Coronavirus, especialmente ahora que la variante delta no sólo se propaga con mayor velocidad, sino que amenaza a los niños y jóvenes quienes parecer ser más proclives a sufrir complicaciones en caso de contagio.

La presión de los papás, alumnos y maestros no se hizo esperar sobre las autoridades escolares. ¿Pero cómo que no vamos a hacer nada?, La graduación de preescolar es un evento importante que los niños recordarán toda su vida, -afirmaron con determinación algunas voces. Y así, haciendo gala de la mexicanísima originalidad, algunas escuelas empezaron a copiar ideas de lo que vieron en algunos vídeos de lo sucedido en otros países. Hubo los que realizaron ceremonias en línea en las que los mensajes y entregas de reconocimientos fueron preparados con entusiasmo y creatividad por los maestros; otros más audaces, realizaron los actos en grandes patios al aire libre buscando que las sillas de los estudiantes estuvieran separadas unas de otras por aquello de la sana distancia y con los papás mirando la escena desde sus automóviles. Y finalmente están los que añadieron a la ceremonia a distancia, un desfile en automóviles decorados por globos en los que los niños acompañados por sus padres pasaban por frente de la escuela donde el director entregaba un diploma y saludaba de puño al feliz graduado para posteriormente recorrer algunas cuadras de la colonia tocando la bocina como si se tratara de una boda o manifestación antigubernamental.

Por medio de las redes sociales fuimos testigos de algunos casos anecdóticos que se recordarán como botones de muestra de una sociedad que se resistió a quedarse sin festejos. Así vimos a quienes en casa montaron un estrado para realizar una entrega de diploma paralela a la escolar con la asistencia de los miembros de la familia, nos enternecimos con el caso de un padre de familia que adornó un triciclo con el que vende elotes para que la falta de un automóvil no fuera obstáculo para que su hijo participara de la fiesta. Y también vimos a muchos docentes indignarse ante la irónica desfachatez de un mensaje escrito en el vidrio de un automóvil que participó en la caravana: y sin hacer tarea. Y es que la autoridad educativa apenas un par de semanas antes, avisó a los profesores que la calificación mínima que podrían registrar sería de 6 y no habría reprobados independientemente del número o calidad de evidencias recabadas.  

La sociedad demostró que le tienen sin cuidado las indicaciones de la autoridad que suenan en sus oídos como las recomendaciones de la abuelita para no salir sin suéter o caminar sin zapatos. No faltaron los casos en los que por la mañana se realizó una aséptica ceremonia virtual para rematar por la noche en una cena baile multitudinaria desgañitando la garganta al son del mariachi o banda y donde el cubrebocas duró menos en su lugar que la corbata, los tacones o la prudencia. ¿Qué explica estos y otros comportamientos de los que fuimos testigos? Vivimos una pandemia que nos ha hecho conscientes de una grave crisis de nuestro sistema educativo que además se combina con el comportamiento caótico de una sociedad que revaloriza sus autoridades, instituciones e ideologías.

La palabra crisis tiene su origen en el griego y su significado tiene que ver con “separar” o “decidir”. Así, decimos que hay una crisis cuando algo de pronto se rompe y porque se rompe, hay que analizarlo para juzgar si vale la pena repararlo y cómo hacerlo. Podemos decir entonces que una crisis consta de tres momentos que la constituyen: La evidencia de la ruptura de una situación que se consideraba estable, el análisis de las causas y efectos de esa ruptura, y la toma de decisiones sobre los cambios a realizar para lograr un nuevo equilibrio.

Dada una crisis, se dice que cuando una persona o grupo de personas son capaces de realizar los cambios para lograr un nuevo equilibrio, se fortalecen y desarrollan la resiliencia. Evidentemente este final feliz no es automático, ni tampoco el más común. Muchas personas, relaciones o realidades al entrar en crisis no logran salir de ella y desaparecen de pronto o lentamente; a veces por no identificar las causas de la ruptura o por intentar a toda costa regresar al estado previo a ésta.

La pandemia de COVID-19 representa para el sistema educativo en México y en particular para su modelo escolar, el catalizador de una crisis de la que puede salir fortalecido o evidenciar su obsolescencia si no se toman las decisiones adecuadas y oportunas por falta de análisis o irresponsabilidad. Existen crisis que emergen abruptamente desinstalando de golpe nuestra forma de vida, pero también hay otras de baja intensidad que se meten silenciosas y poco a poco en nuestras vidas. No nos engañemos, la escuela mexicana no entró en crisis con la pandemia, ya tenía décadas carcomiéndose lenta y silenciosamente por su anacronismo y falta de pertinencia, pero la escolarización remota de emergencia provocó que se hiciera evidente para todos.

Tuvimos ceguera de futuro, pero también de presente. No advertimos el cierre de las escuelas, pero tampoco quisimos ver otras deficiencias de nuestra práctica cotidiana. Los docentes en pleno siglo XXI seguíamos trabajando como en el XX, con los mismos métodos, con el mismo desdén a la tecnología y preparando a nuestros alumnos como si fueran a afrontar un mundo congelado en la década de los ochenta.

Es menester preguntarse si la escuela podrá sobreponerse a esta prueba y cómo puede hacerlo. El reto no es adaptarla reactivamente a un mundo en el que tenemos que convivir con la incertidumbre, el reto no es prepararnos con filtros sanitarios, protocolos socioemocionales y metodologías híbridas; sino aprovechar la oportunidad para transformarla realmente desde sus fundamentos. Quizás la mayor parte de esas tareas que el alumno de la caravana celebró no haber realizado tienen que ver con controles de lectura o actividades de bajo nivel cognitivo y nula implicación emocional o pertinencia. Es posible aprender y enseñar de otra manera. Es tiempo de conocer a fondo los procesos de atención, memoria y aprendizaje, para enseñar en consecuencia.

Por su parte la palabra caos, que también tiene su origen en el griego, significa “masa de materia sin forma” y en la mitología se refiere a un abismo desordenado y tenebroso que existía antes de la creación del mundo. Antes del orden.

La pandemia también nos permitió ver con claridad el caos de improvisación y displicencia con la que las autoridades federales actuaron. Prácticamente todas las decisiones, estrategias y materiales llegaron tarde. El gobierno federal tuvo la oportunidad de empezar a diseñar la estrategia para educar en casa desde que la tendencia mundial conocida por los expertos en salud apuntaba a un inminente cierre de las escuelas, y no lo hizo. Tuvo la oportunidad de preparar durante el mes que duró la primera etapa del confinamiento los programas de televisión para la estrategia Aprende en Casa, y tampoco lo hizo. Pudo apoyar a los maestros y estudiantes para adquirir o actualizar los equipos tecnológicos, y no sólo no lo hizo, sino que nos pidió ver el pago de salarios y prestaciones como una graciosa concesión presidencial. A media pandemia, el presidente removió al secretario de educación para nombrarlo embajador ante los EE.UU., corroborando una vez más que la educación no es prioridad en el ajedrez político. Y finalmente, propuso una cándida estrategia para regresar a clase centrada en la voluntad de padres de familia y maestros, dejando indefensos a los directores de las escuelas que tuvieron que hacer malabares para trabajar en esas condiciones.

El sistema educativo nacional puede salir fortalecido y transformado realmente más allá de las reformas reactivas, demagógicas e ideologizadas que siguen a cada alternancia. Las decisiones de las autoridades, así como la reacción de los maestros y sociedad a las mismas no podría ser mejor caracterizada que desordenada y sin forma; como la noche oscura que anticipa, esperemos que así sea, un nuevo amanecer educativo.

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