INNtenseando: De amigues y amiguis

Por: Sergio Dávila Espinosa

Hace mucho tiempo, cuando iniciaba a dar clases en secundaria, en mi grupo había una alumna que se llamaba Patricia, pero a la que todos conocían como “Pato”. Así le gustaba que la llamaran, y así me lo dijo, pero yo no le hice caso. Entonces consideraba que mi rol como docente, exigía que yo me atuviera a las reglas y por tanto la llamara por su nombre “tal como estaba escrito en la lista de asistencia”. También tuve otra alumna de nombre Fernanda que escribía en sus cuadernos y exámenes su nombre usando tan solo la inicial de su apellido paterno. Igualmente le pedí que no lo deformara y que lo escribiera “tal como estaba escrito en la lista, que a su vez es como está registrado en su acta de nacimiento”. Hoy me arrepiento de mi conducta en ambos casos. En el primero rechacé una extraordinaria oportunidad que la misma alumna me brindaba para personalizar mi comunicación con ella, y en el segundo, muy tarde entendí que su padre no formaba ni formó parte nunca de su vida, por lo que, para ella, el único apellido que valía era el de su madre.

Hace unas semanas se intensificó una vez más el debate sumamente polarizado sobre el llamado “lenguaje inclusivo” a partir de un video que se viralizó en las redes sociales en el que una persona que no se identifica con uno de los géneros binarios que reconocemos habitualmente, solicitó o exigió que no se refirieran hacia sí como compañera, sino como compañere. El resultado fueron cientos de críticas, insultos, memes, burlas y hasta agresiones simbólicas como la comercialización de una piñata con su representación. No me referiré en esta columna al correcto uso del lenguaje gramatical o al derecho a hacer visible la exclusión que éste reproduce, sino que me propongo hacer algunas reflexiones sobre cómo lenguaje y la polarización se interrelacionan hoy día. Además de los ya existentes e irreconciliables bandos, esos sí binarios, por motivos políticos, religiosos, morales, deportivos, o de preferencias sexuales, climáticas o hasta gastronómicas; hoy agregamos también al campo de batalla la forma en que nos referimos a las personas, arrogándonos el derecho de denostar e insultar a quienes no piensan como nosotros.

No deja de ser un tanto irónica y paradójica la forma en que el lenguaje, que en esencia es un medio para comunicarnos y expresar pensamientos o sentimientos por medio de la palabra, nos encierra en guetos en los que nos atrincheramos precisamente para evitar convivir o comunicarnos con los que están afuera y a los que no les concedemos ni siquiera la dignidad para escuchar sus puntos de vista.

El lenguaje como medio de expresión no está exento de reflejar la cultura y cosmovisión de sus hablantes. No es casual que, en una sociedad machista, el lenguaje reproduzca esta condición en su léxico y gramática. Basta como ejemplo las acepciones registradas en el diccionario de la lengua española para zorro y zorra. En el primer caso, se trata de una persona astuta, mientras en el segundo de una prostituta. Y así, la Real Academia de la Lengua Española (RAE) ha sido muy pronta para registrar neologismos como avatar, cuarentenar, emojis o la acepción complementaria al sustantivo hilo como “cadena de mensajes publicados sobre un mismo asunto”. La RAE también celebra la diversidad de opciones válidas para referirse a las piezas de pan, como en el caso de las magdalenas a las que concede también poderles llamar madalenas “porque refleja la pronunciación general de la voz; y sin embargo sigue siendo inflexible al negarse a adoptar el uso de la e, x o @ como grafías del lenguaje inclusivo por considerarlas ajenas a la morfología del idioma e innecesarias.”

Pero dejemos a un lado la RAE y sus reglas. Quienes se aferran a la defensa a ultranza del español como un valioso tesoro que hay que resguardar, olvidan que el lenguaje es un recurso vivo que cambia con el tiempo, adoptando o modificando palabras o reglas, por el uso o desuso de sus hablantes. Basta tomar un fragmento del Quijote de Cervantes para comprobar cuánto ha cambiado nuestra lengua con el tiempo:

“Si no os picaderes más de saber más menear las negras que llevais que la lengua –dijo el otro estudiante–, vos lleváredes el primero en licencias como llevaste cola”.

El tiempo mostrará si finalmente el lenguaje inclusivo se adopta en el habla común y si en algún momento es registrado también por la academia, pero mientras tanto, no deja de llamarme la atención la forma en que algunos enarbolan el diccionario como arma para insultar a los demás. En las redes sociales vemos mensajes que califican el lenguaje inclusivo como despropósito o atentado al idioma y a quienes lo usan como estúpidos o ignorantes.

Qué bueno sería que el lenguaje inclusivo desapareciera, pero no por sobreponer la gramática a la dignidad de las personas, sino precisamente porque hayamos logrado un mundo donde no se excluya a nadie y donde el género no sea una ventaja para unos y un obstáculo para otras.

Inicié esta columna recordando mis primeros años como maestro, pero actualmente recibo oficios de directoras de plantel que los firman como “El Director” porque recibieron un nombramiento en esos términos y consideran ilegal modificarlo; o quienes son llamadas “la arquitecto, la ingeniero o la contador público”, porque así están registrados los títulos. Casos de machismo académico y normativo normalizado que poco a poco comienzan a modificarse, como el caso de los títulos profesionales con género que expide desde hace tiempo la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, o el reciente caso que en la misma se expidió por primera vez un título para una persona trans, respetando su identidad sexo-genérica auto percibida.

No se trata de imponer nuevas reglas al idioma o de obligar a nadie a utilizar lenguaje inclusivo, ni siquiera se trata de tolerancia, pues ésta es también una expresión de superioridad, sino de aceptación, de respeto y de valoración de lo diverso. Pero por lo pronto, yo seguiré tratando de llamar a las personas por la forma en que les gusta ser nombradas y de incluir explícitamente al género femenino en mis comunicaciones, y no por ignorancia de la gramática, sino como una forma de pagar una deuda pendiente con Pato, Fernanda, cientos de otras exalumnas que contribuyeron en mi formación como maestro y como persona.

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