INNtenseando: No son latas de atún

Por: Sergio Dávila Espinosa

Los alumnos no son latas de atún para andarles poniendo etiquetas y catalogarlos o encasillarlos en categorías que supuestamente explican su comportamiento y capacidades, y por lo tanto implican formas específicas y personalizadas de enseñanza que deben conocer y usar los docentes para tener éxito en su misión. Sin embargo, esto sucede ya que con frecuencia buscamos las explicaciones más simples para los fenómenos complejos como lo son el aprendizaje y el desarrollo de competencias.  

Y así como en los supermercados encontramos gran variedad de marcas, y a su vez de etiquetas vistosas para identificar y distinguir las propiedades de las latas de atún: con agua, en aceite, con verduras y mayonesa, en salsa de soya, con chile chipotle y tantas más; en educación también buscamos homogeneizar y empaquetar para su acomodo en anaqueles, a nuestros estudiantes; basados en supuestas características cognitivas que los hacen diferentes.

En el primer anaquel encontramos los alumnos divididos por la supuesta preminencia en el uso de uno de los hemisferios cerebrales: izquierdo o derecho. Se dice que aquellos alumnos que son más analíticos, ordenados o metódicos, son de hemisferio izquierdo, mientras que los que son más creativos, artísticos o emocionales, usan más su hemisferio derecho. Sin embargo, si bien es cierto que cada hemisferio realiza funciones cognitivas específicas, éstas son complementarias y ambos hemisferios trabajan en todo momento unidos no sólo físicamente por el cuerpo calloso, sino también cognitivamente multiplicando la comunicación entre sus neuronas. Por ejemplo, para comunicarnos, el hemisferio izquierdo nos permite reconocer el lenguaje tanto oral como escrito, pero el derecho se encarga de interpretar las metáforas, sarcasmos o los elementos del lenguaje no verbal, como la entonación o gestos utilizados por nuestros interlocutores. Como todos los mitos, la clasificación de alumnos en dos categorías está basada en una verdad que se deforma y malinterpreta. Lo ideal no es separar a los alumnos para explicar sus deficiencias en matemáticas o dibujo, sino dar oportunidad a todos de realizar múltiples conexiones entre ambos hemisferios. Querer separar a los estudiantes para que desarrollen sólo uno, sería como inmovilizar una de las alas de un pájaro con la esperanza de que así vuele mejor.

En otro anaquel del mismo supermercado, encontramos otro acomodo de latas: los estilos de aprendizaje. Se dice que los alumnos pueden clasificarse según la forma en que aprenden como visuales, cuando se les facilita hacerlo mediante la lectura u observación de tablas, gráficas o esquemas; auditivos, quienes aprenden cuando reciben oralmente las explicaciones de un profesor o compañero; y kinestésicos, que requieren de movimiento y expresión corporal para aprender.

Este etiquetado es sumamente popular entre los docentes e incluso se cita en los fundamentos de proyectos como la Nueva Escuela Mexicana donde se afirma que “Se priorizarán los estilos de aprendizaje de los alumnos, de manera que uno pueda alcanzar las metas estipuladas en su grado.” Muchas escuelas, además, como si fuera una ventaja, aplican test a sus estudiantes para que los padres de familia y maestros conozcan el estilo de aprendizaje de cada niño o joven y basados en ello, se diseñen actividades diferenciadas. Muchos artículos e inclusive tesis de maestría en educación se escribieron apoyando esta idea.

Aunque es cierto que el aprendizaje es un proceso idiosincrático, es decir que todos aprendemos de manera diferente; hoy sabemos que esta clasificación no sólo no tiene un sustento neurobiológico, sino que también, como en el caso de los hemisferios cerebrales, puede tener consecuencias perniciosas para la enseñanza y el aprendizaje. La primera, sobrecargar al docente con la obligación de diseñar su clase atendiendo al estilo de aprendizaje de cada alumno, triplicando por lo menos, las actividades o tareas que debe diseñar. En realidad, no sólo todos somos visuales, auditivos y también kinestésicos en diferentes momentos y contextos, dependiendo de aquello que queremos aprender; sino que hoy sabemos que la consolidación de memorias a largo plazo es más eficiente cuando se involucran diferentes canales en la percepción de la información. Concentrarnos sólo en una preferencia, limita el posible desarrollo de las diversas capacidades de nuestros estudiantes y la profundidad del aprendizaje. Pretender clasificar y encasillar a los estudiantes con estas etiquetas es como si tuviéramos que elegir un solo tipo de música para escuchar siempre independientemente de si nos encontramos en una fiesta, un velorio o una cena romántica.

Y muy juntito al anaquel anterior tenemos otra serie de latas con empaques diversos y atractivos: las inteligencias múltiples. Esta marca también tiene muchos adeptos, pruebas y consecuencias pedagógicas asociadas. Basada en una propuesta del psicólogo Howard Gardner que originalmente se opuso a los test estandarizados de cociente intelectual como un estimador de la inteligencia humana, sostiene que el ser humano se enfrenta a diversos tipos de situaciones que le exigen una combinación de 8 capacidades específicas, no innatas, que se desarrollan de manera diversa en cada individuo a las que llama inteligencias: lingüística, lógico-matemática, cinestésica, interpersonal, musical, visual, intrapersonal y naturalista. Nuevamente, el mayor desarrollo de una de estas capacidades no implica exclusión de las otras, las cuales siempre estarán interrelacionadas en mayor o menor grado. Pensar que la inteligencia musical es opuesta o excluyente de la lógico-matemática, es una perniciosa falacia como puede ejemplificarse en el caso de Brian May, el guitarrista del grupo Queen quien también es astrofísico y activista de causas ambientales.

En medio de esta demagogia pedagógica, me ha gustado mucho la propuesta del Diseño Universal de Aprendizaje (DUA), que considera la neurodiversidad de nuestros estudiantes, es decir, que todos aprenden de manera diferente, pero utilizando estructuras semejantes. Y que por tanto se vale de modelos como los hemisferios cerebrales, estilos de aprendizaje o inteligencias múltiples, pero no para diferenciar a los alumnos, sino para potenciar su desarrollo integral. En lugar de actividades y tareas que consideren la separación de los alumnos en subgrupos, utiliza una metodología llamada Paisajes de aprendizaje, en la que se busca intencionalmente el desarrollar todas las capacidades en todos los estudiantes. Se consideran intencionalmente todas las inteligencias y todos los canales de percepción presentando un conjunto de actividades obligatorias y dejando siempre un margen para la elección de otras que sean más afines con sus preferencias o intereses.

El DUA me parece una propuesta metodológica sensata que no sobrecarga al profesor y no solo respeta sino celebra la diversidad natural que existe en un grupo de estudiantes buscando una verdadera inclusión al reducir las barreras que inconscientemente provocan un único estilo de enseñanza. Me recuerda mucho la idea de “variación del estímulo” que ya desde los años 80 nos proponía la Dra. Carmen Cervera en los cursos de Microenseñanza del Instituto de Investigación para el Desarrollo de la Educación (IIDEAC). No cabe duda, que hoy la neuroeducación nos permite revalorar y confirmar buenas prácticas pedagógicas de la escuela tradicional; así como corregir el rumbo de otras, sin importar lo populares que pudieron ser en el pasado.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: