Lentejuelismo incómodo

Mayra Portillo

El pasado 29 de agosto tomó posesión Salma Luévano, como diputada plurinominal por el distrito 2  federal de Aguascalientes, la abanderada de Morena será también la primera mujer trans en lograrlo (junto a su compañera María clemente García, quien lo hará por el distrito 8 federal de la Ciudad de México). Se presentó enfundada en un vestido blanco, semitransparente de lentejuelas, a la altura de su cintura se desplegaban dos bandas (en realidad banderas) adornadas con los colores, también en lentejuelas, que representan a la comunidad trans y en cuya franja central se apreciaba la palabra Morena en ambos lados.

La imagen de Salma recorrió las redes sociales durante varios días, levantando comentarios de todo tipo, me atrevo a decir que mayormente descalificadores, entre ellos el mío. Comenté en Twitter que me daba mucho gusto que una mujer trans llegara al Congreso y que me parecía una pena que no se lo tomara en serio. Desde luego cayó sobre mí una avalancha de descalificaciones provenientes de la comunidad LGBTT+, llamándome cisblanca, transfóbica, heteronormada y me invitaban a revisar mis privilegios. Nada nuevo en Twitter que, si de opinar se trata, el propio Coliseo Romano palidece.

Pero, permítaseme tratar de hacer un análisis honesto:

¿por qué llamé “avalancha” a un grupo de respuestas que no sumaron 30, mientras que más de 500 se manifestaron de acuerdo conmigo? Es claro, porque sus adjetivos me situaron en la mitad equivocada.

Desde luego que no me considero transfóbica, sino todo lo contrario, aliada de sus causas, de su lucha por la visibilización y los derechos humanos que como país les debemos, tengo la fortuna de contar en mi familia y en mis afectos más cercanos a personas de la comunidad LGBTT+, me indignan la discriminación, el acoso y los crímenes de los que son objeto personas que amo.

Mi problema fue con las lentejuelas, con la espectacularidad, el brillo, la transparencia.

Pero, ¿hay una forma “correcta” de vestir si se es diputado o diputada?, ¿no es acaso la representatividad su fin primero, su definición?, ¿es un prejuicio, puro y duro, pensar que es preciso un traje sastre para pisar San Lázaro? Por supuesto que lo es.

Conversando con un sociólogo por Twitter (quien me llamó “cisblanca”, de hecho), le confesaba mi aversión al lentejuelismo, a las entradas triunfales en un recinto donde lo que debería importar es el debate, las ideas y no las apariencias. “Hay atuendos que son declaraciones”, me dijo, y eso lo dejó claro todo.

En un México donde son asesinadas personas todos los días por razones de género, donde te pueden matar por cómo luces, con saña, por odio; una mujer trans ataviada con transparencia y lentejuelas, abriendo como alas, banderas de orgullo trans, ese orgullo de haber conquistado no solo su género, también su lugar como representante político de una comunidad diversa, valiente, que reclama su libertad.

Por supuesto que ese atuendo es una declaración, es además una posición política, es el anuncio de un arribo, el de Salma y el de los suyos que, hoy tienen su lugar en el Congreso. Esas lentejuelas que tanto mancillan el “buen gusto”, bien pueden representar con su brillo los vidrios rotos de la espectacular caída de otro techo de cristal.

Tal vez esta “heteronormada” que escribe, deba atreverse a vivir la libertad de envolverse en lentejuelas por una vez y sentir el poder que proporciona su brillo.

Las lentejuelas, después de todo, también son mentales.

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