INNtenseando: Un neandertal en el aula

Sergio Dávila Espinosa

Todo docente ha experimentado los sinsabores de la frustración que provoca el entrar a un aula y encontrar a los estudiantes acostados sobre sus pupitres con la actitud de quien por adelantado y antes de que el profesor diga la primera palabra, ya se encuentran aburridos. Sólo lo siguen con la mirada cual un reptil que permanece inmóvil a menos que surja un peligro o una posible víctima se acerque demasiado.

Esta sensación puede repetirse día a día y por varios años, tantos que a veces los profesores sienten que por más que se esfuercen, nunca lograrán que sus estudiantes se interesen, estudien y aprendan su materia. Esta impresión puede llegar a extremos patológicos provocando un fenómeno conocido como malestar docente o burnout en el que los profesores pierden todo gusto por su trabajo y esperanza de trascendencia; pero se encuentran atrapados en la docencia por la seguridad de un salario o porque sienten que no saben hacer otra cosa o que es muy tarde para iniciar otra actividad.

¿Por qué nos cuesta tanto que nuestros alumnos se interesen y aprendan los contenidos de nuestras materias? Una posible explicación es que la escuela es una institución que violenta el desarrollo natural del cerebro de los niños y adolescentes. Y es que en general existe una brecha entre la evolución de nuestro sistema nervioso y el desarrollo tecnológico y cultural del siglo XXI. Basado en ello me atrevo a hacer una sugerencia que puede apoyar a los docentes en la planeación de una clase para los alumnos del siglo XXI. Advierto que es una sugerencia que puede herir alguna susceptibilidad, y que puede ser fácilmente mal interpretada, por lo que intentaré ser claro en la explicación.

Sin más, le recomiendo imaginar que su salón está ocupado por niños o adolescentes neandertales que de manera misteriosa hemos podido abducir desde los tiempos prehistóricos en que habitaban en pequeñas tribus en cavernas. No quiero que piense que estoy siendo irrespetuoso con nuestros alumnos actuales, por el contrario, mi propósito es considerar el retraso genómico entre la evolución del cerebro humano y las exigencias a que lo sometemos para adaptarse a un mundo para el que no está biológicamente preparado, como por ejemplo el aprendizaje escolar. Es decir, el cerebro de nuestros niños y adolescentes es muy similar al de nuestros antepasados cavernícolas, pero las demandas y exigencias de la vida moderna son tan diferentes que a veces lo olvidamos.

El cerebro de nuestros neandertales del siglo XXI presenta muchas barreras para que contenidos escolares como las partes de una célula, el ciclo del carbono o los nombres de los huesos del humano puedan alojarse en la memoria a largo plazo, así como recuperarse y utilizarse cuando son necesarios.  

  • La primera barrera es la atención. Constituye la puerta de entrada de la información a nuestro cerebro. En todo momento estamos expuestos a tal cantidad de estímulos, que nuestro cerebro está configurado para ignorarlos y sólo prestar atención a lo que le significa un interés, ya sea por amenazante o por atractivo. Es por ello que los alumnos parecen reptiles en reposo cuando llegamos a clase. Su cerebro de manera inconsciente está evaluando si los estímulos que les presentamos le serán útiles para enfocarse en ellos o los ignorará. En cada inicio de clase, los alumnos hacen esa evaluación y actúan en consecuencia. Por ello, hoy sabemos que el inicio de una clase es una oportunidad valiosa pero efímera que tenemos para atraer su atención. ¿Cómo hacerlo? La atención pasa del estado de alerta (como reptil) al de orientación enfocándose cuando le ofrecemos algo atractivo, novedoso o sorprendente. Por ello esos minutos no debemos desperdiciarlos en procesos repetitivos y rutinarios como tomar lista o revisar el uniforme o las tareas. ¿Usted ha notado que hasta las series de televisión tienen hoy la opción de “saltar la introducción”? Y es que a pesar de que pueda haber mucha producción detrás de los créditos, o del interés que tengamos en el contenido de una serie, los usuarios no queremos dedicar ni un minuto de atención a algo rutinario.
  • La segunda barrera son las emociones. En la escuela tradicional del siglo XX creíamos que la actividad escolar era independiente de las emociones de los estudiantes. Que tanto profesores como estudiantes debíamos “dejar afuera” del salón nuestras tristezas o alegrías y que nunca teníamos derecho a mostrar si estábamos tristes o mucho menos enojados. El ideal de un docente libre de emociones llevó a ignorar que los profesores enseñamos lo que somos y que los estudiantes aprenden de lo que ven en nosotros, antes que y por sobre cualquier contenido curricular. Hace muchos años, justo el segundo día en que trabajé como maestro de matemáticas en un grupo de segundo de secundaria, cuando llegué al salón encontré a las 42 chicas que conformaban el grupo llorando desconsoladamente. Me quedé helado. Tenía la disyuntiva de pedir que todas se sentaran y callaran, e iniciar mi clase ajeno a esta situación para explicar las leyes de los exponentes, o preguntar qué estaba pasando. Afortunadamente opté por lo segundo, y al saber la razón de esta situación, pude ser empático con ellas, hablar un poco de cómo afrontarla, y más adelante iniciar la clase. Con el tiempo se empezó a hablar de educación emocional, como una forma de conocer y gestionar las emociones de los estudiantes, y hoy sabemos que la educación es emocional siempre, nos ocupemos o no de ello. El que los estudiantes sean capaces de identificar su estado de ánimo, el que integremos elementos que les provocan alegría y sorpresa, como la música, los movimientos o la capacidad para tomar decisiones, favorecen el aprendizaje; mientras que provocarles miedo o enojo, son formas efectivas de inducir un suicidio pedagógico.

  • La tercera barrera es la memoria de trabajo. Todo lo que queremos enseñar tiene que pasar por ella, pero es sumamente limitada. Según los neurocientíficos es capaz de retener hasta cuatro datos nuevos cada veinte minutos, antes de que, de forma natural, se recicle y los deseche, a menos que estos datos sean repetidos de formas diversas por el profesor y sean trabajados por los estudiantes en tareas de asociación, esquematización o aplicación. Al no considerar esta función natural de nuestro cerebro y exponer numerosos contenidos, estamos condenando al olvido la información. Es por eso que como diría Rafael Bisquerra “en la clase magistral el que más aprende es el profesor y a veces es el único que aprende”. Es tiempo de que consideremos seriamente que los planes de estudio y su cantidad de contenidos y aprendizajes esperados constituyen una violación al sistema nervioso natural de nuestros alumnos y que nos enfoquemos a seleccionar los contenidos esenciales, aquellos a los que vale la pena dedicar nuestros esfuerzos de enseñanza y los recursos cognitivos de los estudiantes.
  • Y por último está la memoria a largo plazo. La poca información que superó las barreras anteriores puede quedarse sólo en un bucle de memoria a corto o mediano plazo, el tiempo necesario para contestar un examen y después ser desechada por el sistema nervioso de nuestros neandertales del siglo XXI que responde a la sencilla máxima: si se usa, se queda; si no, se va. Por ello para que un aprendizaje se consolide se requiere de repetición, repaso, ejercicios, y finalmente también de descanso. Como ya hemos insistido en otras entregas, esta consolidación que equivale al juicio que hace nuestro sistema entre conservar o desechar la información se realiza durante la etapa del sueño MOR (movimientos oculares rápidos).

Nuestro cerebro es un órgano maravilloso que está preparado para aprender, adaptarse de manera inteligente y resolver problemas de nuestro entorno, pero no es un almacén de información ni un disco duro. Entender el cerebro de nuestros estudiantes y enseñar en consecuencia, a pesar de que esto implique numerosas rupturas con nuestras creencias o costumbres, puede ser la clave de una enseñanza pertinente, emocionante y satisfactoria.

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