INNtenseando: De buen humor

En el inventario de memorias que todos conservamos de nuestra época escolar, seguramente recordamos más a quienes fueron nuestros maestros por cómo nos hacían sentir en sus clases, que por los contenidos de éstas.

Seguramente recordamos a aquel personaje que como un robot programado siempre exponía los temas de la misma manera exigiendo un silencio total; o a aquel que imponía un tenso ambiente de trabajo para contestar un ejercicio del libro; o en contraste, aquel más relajado que no mostraban empacho alguno en cambiar el tema de la clase por alguna anécdota; y claro, también está aquel que parecía disfrutar manteniendo el control del grupo, especialmente en los momentos de examen; y no puede faltar aquel que ironizaba sobre los errores de los estudiantes permitiéndose incluso, asignarles sobrenombres o apodos. Y así, aprendimos pronto a clasificar a nuestros profesores en dos grupos: aquellos donde la risa estaba prohibida y aquellos donde se permitía, a veces de manera un tanto clandestina en una especie de complicidad entre el profesor y el grupo.

“¿De qué se ríe muchachito?”
“¿Acaso soy un payaso que está contando chistes?”
“A mí no me pagan por hacerlo reír, sino por enseñarle”
“Ya veremos el día del examen si se sigue riendo”
“Tome en serio mi clase por favor”

Frases como estas nos evocan a algunos maestros para los cuales reír era una conducta que debía desterrarse del aula por considerarla un distractor para el aprendizaje. ¡Qué equivocados estaban! Hoy sabemos que los verdaderos enemigos del aprendizaje son el estrés y el mal humor. Cuando los alumnos experimentan miedo por el ambiente tenso que provocan algunos profesores con su sola presencia o su indisposición total a la empatía, es cerebralmente imposible que perciban la información que el profesor presenta, mucho menos se puede comprender o trabajar con ella para poderla consolidar.

Las neurociencias nos aportan algunas pautas acerca de cómo un ambiente relajado en el que la risa sea bienvenida ante las situaciones inesperadas que las clases cotidianas nos presentan, o mediante la inclusión estratégica de recursos divertidos, pueden ayudar a desarrollar un vínculo de empatía con los estudiantes, así como a desarrollar la creatividad.

En el cerebro se activan diversas áreas ante un chiste o situación divertida. En primer lugar, las áreas del lenguaje especialmente en el hemisferio izquierdo cuando escuchamos o leemos una situación que debería tener el desenlace lógico que nuestra mente prevé, pero luego ante un remate absurdo o inesperado, el hemisferio derecho le da la bienvenida y lo contrasta, activando como respuesta desde una sonrisa hasta una sonora carcajada.

El humor y la felicidad son rasgos esencialmente humanos y por tanto, no deberían excluirse de ninguna actividad educativa. Cometemos un gran error si pensamos que la educación por importante debe ser solemne. El cerebro está configurado para atender aquello que nos resulta novedoso o atractivo, y es por ello que diseñar una clase en la que se incluyan elementos divertidos no es demeritar el trabajo docente, sino por el contrario, implica potenciarlo ya que entre otros beneficios se pueden enlistar los siguientes:

  • Favorece la creatividad, la atención y la memoria.
  • Desarrolla el pensamiento reflexivo
  • Aumenta la motivación intrínseca e incentiva la participación
  • Reduce la ansiedad y eleva la autoestima
  • Genera empatía entre alumno-profesor
  • Da una alternativa de expresión a situaciones conflictivas o desagradables
  • Propicia la liberación de los neurotransmisores de la felicidad.

Evidentemente no se trata de cambiar una clase expositiva por una rutina de Stand Up, porque, dicho sea de paso, es más difícil y requiere más recursos cognitivos preparar lo segundo que recitar contenidos aprendidos a lo largo de años que no necesariamente son significativos para los estudiantes, pero sí se pueden tomar decisiones para deliberadamente dar la bienvenida al buen humor en el aula.


Tampoco se trata de esa idea simplona, descontextualizada y estéril, en la que simplemente dejamos de dar clase para solicitar al grupo voluntarios que pasen a contar chistes o hacer imitaciones de otros maestros.

Lo primero es interesarnos por conocer a nuestros alumnos, sus gustos e intereses. Y esto lo logramos invirtiendo unos minutos al inicio de la clase para establecer un buen ambiente al platicar con ellos sobre cómo se sienten y qué eventos de su vida quieren compartir; felicitar a quien celebra su santo o cumple años también es una buena opción; y por supuesto derrumbar la imagen incólume que nos hemos autoimpuesto para no mostrarnos vulnerables ante ellos.

Pero también podemos incluir paulatinamente y de forma estratégica en nuestra clase, chistes o actividades que propicien la sorpresa y el buen humor. A continuación, algunas ideas:

  • Incluir memes en nuestras presentaciones.
  • Incluir algún video con una escena de alguna película o serie que tenga relación con el tema.
  • Solicitar a los estudiantes realizar actividades divertidas con el contenido temático de nuestras clases, tales como:
    • Rutinas de Stand up
    • Sketches o parodias de películas o series
    • Composiciones musicales
    • Poemas
    • Tik-toks
    • Videos
    • Creación de memes

En el programa INNdocentes de la semana pasada, tuve la oportunidad de entrevistar a Daiana Amores, la docente argentina que se volvió famosa por devolver a sus estudiantes sus exámenes pegando en ellos stickers que previamente había seleccionado y que eligió dependiendo de la calificación obtenida por cada uno. Cuando le pregunté cuál fue el beneficio de esta actividad me contestó que potenció exponencialmente el vínculo emocional de los estudiantes con ella y aumentó significativamente la motivación por su materia y el rendimiento en los siguientes exámenes.  

Por supuesto hay que advertir, que el profesor deberá evitar usar el humor para burlarse de los estudiantes, ironizar sobre sus errores o imponer apodos. Estas actitudes son abusivas dada la relación de poder que se ejerce de manera simbólica entre el profesor y sus estudiantes. Pero reír en clase, incluso de nosotros mismos, ayuda a transmitir un poderoso mensaje: si me puedo reír de mis limitaciones, también las puedo superar.

Sergio Dávila Espinosa
Twitter: @sdavilae

29 de noviembre de 2021

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