INNtenseando: Solsticio escolar

“Es sólo miedo mi noche,
miedo lento, lento y largo;
siempre lento, siempre dentro,
dentro de una larga noche”.
(Chabuca Granda)

La noticia llegó el jueves pasado en un video desde la camioneta del gobernador. Pronto se viralizó. No sorprendió a nadie y no fue necesario el parte oficial de las autoridades educativas. Se aplazará una semana más el regreso a las clases presenciales debido a la exponencial cuarta ola de contagios de COVID-19 provocada por la combinación de la variante ómicron del virus SARS COV 2 y el franco desacatamiento de las medidas de prevención por parte de la sociedad, antes, durante y después de las fiestas de fin de año.

Las celebraciones en torno a la navidad y el inicio de un nuevo año son muy antiguas. Ya en la edad media se estableció celebrar la Navidad el 25 de diciembre para hacerla coincidir con otras celebraciones consideradas paganas, como la Celta o la Romana en torno al solsticio de invierno, en el que debido a la inclinación de la tierra respecto al sol se tiene la noche más larga del año. A partir de esa noche, los días poco a poco irán aumentando su duración lo que se consideraba el inicio de una nueva etapa, o un nuevo año.  

En las escuelas hemos vivido una lenta y larga noche de aislamiento que no parece tener fin. Un solsticio escolar cuyas consecuencias en el desarrollo armónico de las facultades de nuestros niños y jóvenes, aún no podemos dimensionar.

Y es que el desarrollo cognitivo y emocional de los niños depende de dos factores fundamentales:

  • Los biológicos. Donde dejamos que sus mentes maduren armónicamente de la manera como están programadas para hacerlo. Aquí influye la genética, pero también los hábitos de actividad física, nutrición y descanso.
  • Los ambientales. Donde las experiencias sociales e interacción con otros niños y con sus maestros contribuyen a descubrir y modelar sus talentos y personalidad. Estos factores son los que se ponen en riesgo por esta noche oscura.

El día siguiente al solsticio de invierno no es primavera. La luz del sol aumenta de manera paulatina pero sostenida. Es por ello que las culturas antiguas celebraban esa fecha, porque sabían que a partir de entonces sería inminente el triunfo de la luz sobre la obscuridad. El regreso a la presencialidad si acaso se da el 24 de enero como se ha anunciado, no será el final de la oscuridad, sino apenas un inicio que, a fuerza de esperanza y trabajo, permitirá amainar los efectos adversos del aislamiento sobre el desarrollo cognitivo y emocional de nuestros niños y jóvenes; y también, sobre sus aprendizajes académicos.

Y habrá que trabajar duro, porque los cubrebocas, que son esenciales para protegernos a todos de los contagios, ocultan nuestras emociones. Los cubrebocas nos borraron la sonrisa. Y esto no es un asunto menor. Nuestro cerebro está configurado para detectar en los rasgos faciales las emociones primarias. Para los maestros será más difícil detectar sólo en los ojos si nuestros estudiantes están alegres, sorprendidos, tristes, enfadados o temerosos; y poderlos apoyar en consecuencia.

Las llamadas neuronas espejo nos permiten sintonizarnos emocionalmente con las personas que nos rodean y por tanto son la puerta para desarrollar la empatía. Por ello, los niños tampoco podrán captar tan fácilmente las emociones y entusiasmo de los maestros y compañeros, lo que afectará el sano desarrollo socioemocional.

Además del cubrebocas que no sólo actuará como una barrera contra el virus, sino también contra la empatía, los niños y jóvenes deberán mantener en todo momento el distanciamiento social. ¡Vaya paradoja! Los reuniremos para que permanezcan aislados. No deberán abrazarse, hablarse al oído para contar un secreto o una travesura, deberán modificar los juegos en el patio por aquellos en que no haya ningún contacto. Adiós a Doña Blanca y muchas otras rondas infantiles; a los corrillos en los que se comparten los alimentos que cada uno llevó de su casa; a las celebraciones de cumpleaños en las que se partía y repartía un pastel y el festejado recibía numerosos abrazos. No son nimiedades, en cada una de estas actividades desarrollamos nuestras facultades y personalidad.

Y claro, además los profesores permaneceremos conscientes de que cualquier planeación pedagógica puede cambiar de un momento a otro por falta de certidumbre. No sabemos cuántos estudiantes asistirán cada día, o si de un día a otro nos pedirán nuevamente aislar al grupo. Ya en un #INNtenseando anterior me referí a que debemos prepararnos para ser anfibios pedagógicos y desarrollar una gran flexibilidad capaz de alternar e incorporar metodologías activas y recursos tecnológicos de acuerdo con las necesidades de cada momento.

Después de una larga noche, es la certidumbre de que habrá luz lo que alimenta la esperanza. Sabemos que niños y maestros son ya gigantes de la resiliencia. Sabemos que han aprendido a privilegiar el valor de la vida por sobre los aprendizajes académicos. La sana distancia y los cubrebocas serán dos incómodos compañeros en este regreso. No podemos por ahora prescindir de ellos, pero tampoco continuar aislados. Nuestros niños y jóvenes valen el esfuerzo conjunto para que esta noche acabe y demos paso a la aurora.

Sergio Dávila Espinosa
Twitter: @sdavilae

18 de enero de 2022

1 comentario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: