INNtenseando: El control inhibitorio

No digas: «Es mi genio así…, son cosas de mi carácter».
Son cosas de tu falta de carácter. (JME).

Se dice que el ser humano es un animal racional, refiriéndose a que heredero de millones de años de evolución, comparte funciones primitivas de supervivencia y reproducción con otros seres vivos, pero que, a diferencia de éstos, es capaz de reflexionar sobre sus actos incluso antes de realizarlos.

Las neurociencias nos permiten comparar nuestro sistema nervioso con el de otros animales e identificar aquello que nos hace verdaderamente humanos. Ese raciocinio abarca diferentes componentes, expresiones y dimensiones a las que se conoce como funciones ejecutivas. Aunque existen varios modelos para referirse a ellas, normalmente se identifican cuatro:

  • El control inhibitorio
  • La flexibilidad cognitiva
  • El procesamiento de información
  • La organización verbal

Estas cuatro operaciones son independientes, pero trabajan de manera coordinada y complementaria para ejecutar tareas de reflexión, planeación o resolución de problemas, entre otras, que son propias de los seres humanos.

En esta ocasión, me referiré solamente a la primera: el control inhibitorio, haciendo una reflexión sobre la respuesta del presidente de México al parlamento europeo por la resolución en la que pide al gobierno adoptar medidas de protección para los periodistas. A pocas horas de darse a conocer esta resolución, vino la inusitada respuesta en la que sin pasar por la Secretaría de Relaciones Internacionales y sin filtro alguno, el presidente llama borregos a los parlamentarios europeos. No pocos pensamos, incluyendo a algunos incondicionales del presidente, que se trataba de un documento apócrifo. Pero lamentablemente pronto supimos que no era así.

Es curioso que cuando aludimos a comparar a un ser humano con un animal, es precisamente por actuar sin ejercer una facultad cognitiva y resulta paradójico que aquel que compara a los diputados con borregos por su falta de independencia para tomar decisiones, adolezca de control inhibitorio, una facultad racional que nos distingue como especie y nos diferencia de los perros o gorilas.

El control inhibitorio es el proceso mental encargado de la gestión intencional y voluntaria de nuestros actos y pensamientos. Este freno es indispensable para ejecutar exitosamente algún plan. Nos permite darnos un tiempo, aunque sea muy breve, para considerar las opciones que tenemos antes de actuar y anticipar consecuencias.

Gracias al control inhibitorio, por ejemplo, somos capaces de ignorar el impulso de mirar el celular mientras estamos enfocados haciendo un trabajo o sosteniendo una conversación con una persona a pesar de que escuchemos una notificación que anuncia la llegada de un mensaje.

Gracias al control inhibitorio somos capaces de resistirnos al impulso de ver un episodio más de una serie de televisión para poder dormir a la hora que corresponde y asegurar al menos 7 horas de sueño.

El control inhibitorio es fundamental para actividades como manejar un automóvil ya que nos permite frenar los impulsos de agredir a otros automovilistas que no respetan las normas o cuando sentimos que un ciclista estorba nuestro camino. Es ese instante en que reflexionamos lo que podría pasar si la otra persona resulta más agresiva que yo y si finalmente vale la pena dejarse llevar por la ira que nos provocan estos eventos.

Evidentemente no todos los seres humanos ejercemos adecuadamente esta función ejecutiva y por eso vemos gente que a la menor provocación se permite tirar por la borda su disciplina, sus planes o reaccionar de manera irreflexiva, aunque las consecuencias de ello lo afecten más que la conducta que lo provocó.

Muchos intentan explicar sus actos responsabilizando a los demás: “es que me provocó, es que así es mi personalidad, es que corre sangre por mis venas, es que me faltó al respeto”. Recuerdo el caso del Piojo Herrera, que, desde que era futbolista, y posteriormente como entrenador de equipos y de la selección nacional se ha distinguido por su agresividad explosiva ante cualquier acto que él considera una provocación y responde golpeando a futbolistas rivales, lo mismo que a aficionados y reporteros; para después intentar justificar sus actos responsabilizando al calor del juego o a los insultos que recibió.

Como el resto de las funciones ejecutivas, las que nos diferencian de otros seres del reino animal, éstas residen en los lóbulos frontales del cerebro que son la parte que tarda más en madurar, lo cual sucede alrededor de los 19 años en las mujeres y los 25 en los varones. Por ello en la infancia y la adolescencia se entiende que los chicos sean más reactivos que racionales, y que les cueste trabajo anticipar las consecuencias de sus actos. Sin embargo, con el apoyo de sus padres y maestros, se puede ayudar a desarrollar paulatinamente ayudándoles a tomar decisiones, analizando opciones, anticipando las consecuencias y afrontándolas.

Con paciencia y técnicas de educación positiva, a los niños pequeños se les puede enseñar a filtrar y frenar sus reacciones de enojo, así como a postergar gratificaciones inmediatas a cambio de una mayor a mediano plazo. A los pequeños desde el preescolar y primaria se les educa para esperar su turno de ser atendidos por la maestra, para contestar una pregunta, para pedir la palabra o para iniciar con una actividad. También deben aprender a no hacer berrinches, a celebrar los éxitos y a asumir las derrotas. Cuando un niño abandona un juego y se lleva la pelota, se está incubando en él a un mal perdedor, que a la larga será también un peor ganador.

Con los adolescentes en la escuela, se puede dialogar sobre la importancia de considerar las consecuencias de actos disruptivos que se encuentran por naturaleza impulsados a cometer. Y cuando éstos se dan, lo cual inevitablemente va a suceder porque es parte del desarrollo natural de los adolescentes (no de los entrenadores de futbol ni los presidentes de la república), reflexionar con ellos serenamente sobre lo sucedido y si es el caso, imponer alguna sanción o consecuencia cuando se deba reparar un daño o se haya afectado la vida comunitaria. Para que sean formativas estas sanciones, nunca deberán imponerse de manera inmediata ni aisladas de una reflexión con el chico responsable.

No cabe duda de que no somos seres tan racionales como presumimos. Somos seres emocionales, que a veces reaccionamos de manera inmediata y sin filtro, mientras otras veces somos capaces de controlar nuestros impulsos y decidir la mejor forma de actuar ante una situación, anticipando sus consecuencias.

La carta que surgió de Palacio, de botepronto, sin participación de la cancillería, llena de adjetivos, descalificaciones y en un tono que no sólo no es el adecuado para la diplomacia, sino de bravucón de cantina, evidencia que nuestro presidente tiene un serio problema con su control inhibitorio, y cuyas consecuencias no sólo lo afectan a él, evidenciándolo ante la opinión pública internacional, sino a todo el país al que protestó representar con dignidad. Aun suponiendo, sin conceder, que la resolución del parlamento europeo hubiera sido calumniosa e injerencista, la respuesta pudo darse de manera formal y enérgica, pero asertiva y respetuosa para que no se descalifique en sí misma, como es el caso.  

Justificarse con la frase “mi pecho no es bodega”, refleja una infantil defensa de la ausencia de control inhibitorio. Si tu pecho no es bodega, tu cerebro sí debería decidir qué es lo que debe salir de él y de qué forma. Para eso sirve la educación.


Twitter: @sdavilae

14 de marzo de 2022

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