INNtenseando: Donde habita el olvido

Y la vida siguió
Como siguen las cosas que no tienen mucho sentido
(Joaquín Sabina)

Caminando por las calles de la ciudad, de pronto encontré a mi paso un bote rebosante de basura. Es común que por las dimensiones de estos recipientes no se den abasto y la gente deje basura apilada a su lado. Entre las bolsas de basura, distinguí algo que me resultó familiar. Se trataba de trabajos escolares que alguna madre cansada de tenerlos en resguardo en casa decidió que su destino final fuera el mismo que las sobras de comida, latas vacías y demás desechos que condenamos al exilio con la esperanza de no volver a ver jamás.

Reconocí cuerpos geométricos de esos que los chicos deben recortar y armar doblando y pegando para después montar sobre una base de papel cascarón y exponerlos junto con sus nombres: Pirámide, Cono y Cilindro. También había una tabla periódica de los elementos copiada en una cartulina que también debió formar parte de la tarea de algún chico y una maqueta que mostraba con plastilina las partes de una célula.

Uno podría pensar que lo importante no son los trabajos sino el aprendizaje que éstos generaron en los estudiantes. Que los trabajos son efímeros pero el aprendizaje permanente. Que los trabajos escolares son la envoltura desechable del conocimiento permanente. ¡Ternuritas! ¡Nada más alejado de la realidad! Lo más seguro es que mucho antes de que las tareas llegaran a la basura, ya el hipocampo se había encargado de ordenar una poda sináptica que condenó al olvido irrecuperable la mayoría de los contenidos en la mente de este niño anónimo que de alguna forma representa a todos los escolares.

Entre más conocemos el cerebro humano más nos convencemos de que no está diseñado para el aprendizaje escolar. Es un órgano maravilloso sí, pero está preparado para olvidar toda la información que no tenga una relevancia relacionada con nuestra supervivencia como especie, o que no nos sea significativa, emocionante o útil para nuestra vida. El olvido es una función cognitiva de vital importancia pues nos permite no sobrecargar nuestra memoria. Cada noche, el hipocampo decide qué información del día fue relevante y conviene fortalecer, y a cambio, qué se puede olvidar por no ser percibida como necesaria o útil. Así, se puede retener con facilidad cómo era el ambiente que existía en la clase de matemáticas cuando estábamos en secundaria y cómo nos hacía sentir el maestro, pero quizás hayamos olvidado la clasificación de los ángulos o el teorema de Pitágoras. Y de manera irónica, hay que reconocer que el hipocampo puede decidir en la mente de los adolescentes recordar íntegra la letra de una canción de Aczino o Bad Bunny, pero olvidar la definición de democracia, las leyes de los exponentes o acomodar en el tiempo etapas históricas como la Revolución, Independencia o guerra cristera.

Los profesores lo sabemos por experiencia. Los alumnos olvidan la mayor parte de lo que enseñamos y a veces, incluso de un día a otro. Lo intuimos, lo sufrimos, pero difícilmente nos atrevemos a cambiar nuestras prácticas pues están tan arraigadas que seguimos reproduciéndolas, o nos autoengañamos pensando que es culpa de los alumnos o de sus padres que no les exigen. El aprendizaje escolar se parece a pretender conservar agua en el cuenco de las manos, para después frustrarnos por que ésta se nos escapa entre los dedos.

En pleno siglo XXI ya es tiempo de cuestionarnos seriamente la utilidad de las tareas que consisten en copiar párrafos de un libro a una libreta, contestar cuestionarios o hacer resúmenes del libro de texto, iluminar mapas o hacer maquetas. No digo que haya que desterrar totalmente estas prácticas de la escuela, sino solo usarlas de vez en cuando, y ligadas siempre a algún objetivo intermedio de aprendizaje, pero hay que dejar de pensar que son útiles para “fijar” los contenidos en la mente de nuestros alumnos, lo cual es una estéril falsedad.

Hoy sabemos que para favorecer que un contenido escolar tenga posibilidades de instalarse en la memoria a largo plazo, son necesarias dos condiciones:

  1. Que sea significativo. Es decir que pueda ser relacionado con aquello que el alumno ya sabe, puede hacer, le interesa o le es útil en el aquí y el ahora.
  2. Que sea emocionante. Nadie aprende contra su voluntad ni de manera pasiva. Se requiere de un esfuerzo que sólo estamos dispuestos a realizar cuando hay motivación.

También conocemos una de las fórmulas para provocar esta motivación a la hora de trabajar en la escuela. Sus componentes están relacionados con actividades que liberan neurotransmisores implicados en el circuito de recompensa. Se pueden recordar fácilmente con el acrónimo DAS:

D: De desafío. Debemos sacar a los estudiantes del letargo de la rutina que supone copiar del libro o pizarrón, para proponerles el realizar una actividad que sea inédita para ellos. Se debe tratar de un reto que cumpla con dos condiciones:

  • Que los alumnos perciban como alcanzable y que por lo tanto puedan anticipar que tendrán éxito en lograrlo. Esto libera dopamina en sus cerebros que es el neurotransmisor asociado al placer.
  • Que se trate de una actividad que a ellos les guste y emocione. No es lo mismo pedirles que estudien los productos notables para un examen oral, a que se les pida que inventen y produzcan un rap en el que los incluyan.

A: De Acción. La idea de que el aprendizaje se produce mientras permanecemos inmóviles ante nuestros libros en un estudio o escritorio, es otra de las falacias de la escuela tradicional a las que les hemos dedicado muchas horas de fracaso. El aprendizaje requiere de repetición, sí, pero no de repetición pasiva ni intensiva. Requiere repetir con novedad, en diversos momentos, en diversas situaciones. A los chicos les cuesta trabajo concentrar su atención para estudiar un período de más de 15 minutos, pero pueden dedicar horas a preparar un podcast o un video musical en el que traten su opinión sobre un tema polémico o representen un acontecimiento histórico. Esta dedicación es posible gracias a la liberación de adrenalina que los prepara y acompaña durante la actividad para lograr cumplir con el desafío propuesto.

S: De Satisfacción. La experiencia de terminar un producto que representó un esfuerzo al que dedicaron horas de trabajo, sobre todo cuando tienen la oportunidad de publicarlo o exponerlo ante otras personas, no es comparable con la satisfacción de sacar una buena calificación en un examen. El llegar a la meta conlleva la sensación de saberse capaz de hacer algo que no habían realizado anteriormente y por tanto, saberse capaces de seguirse replanteando nuevos desafíos. Esta sensación es provocada por la serotonina que es considerado el neurotransmisor de la satisfacción.

Se pueden involucrar en los desafíos la creación de comics, videos incluso de Tik Tok, podcasts y otros productos, e incluso dejar espacios de libertad para que ellos tomen decisiones a partir de diversas opciones.

Proponer actividades que involucren el circuito DAS de recompensa, no sólo potenciará los resultados de aprendizaje, sino que hará más disfrutable y llevadera la escolarización, no solo para los estudiantes, sino también para los maestros que podremos ser testigos en primera fila del desarrollo de sus competencias.

Sergio Dávila Espinosa
Twitter: @sdavilae

5 de abril de 2022

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